Al bosque de Aokigahara también se le conoce como Jyukai (mar de árboles), y es un paraje de una belleza extrema a las faldas del monte Fuji que oculta una horrible realidad.

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Cubre una extensión de 3.000 hectáreas y pasado el primer kilómetro de senderos la vegetación es tan densa que no es difícil perderse. Sin embargo, Aokigahara no es conocido por su belleza, todo lo contrario, pues es el segundo lugar del mundo donde más personas acuden para suicidarse.

Tristemente conocido por el indice de suicidios, el gobierno japonés dejó de dar datos oficiales hace unos años para tratar de quitar importancia al tema entre la sociedad y de esta forma intentar que la popularidad sobre ir a suicidarse a Aokigahara bajara. Se sabe que en el año 2004 se pudieron encontrar un total de 108 cuerpos, el doble que el año anterior, y en 2010, 247 personas intentaron quitarse la vida aunque solo 54 tuvieron éxito. De todas formas estos datos son muy relativos, ya que bosque es muy grande y tanto los voluntários como los casi 300 operários asignados a la vigilancia del bosque sólo llegan hasta ciertas zonas por su seguridad, ya que es muy fácil perderse. Cuando encuentran un cuerpo rodean la zona con cinta para alertar a las patrullas que cada cierto tiempo acuden a recoger los cadáveres. Pero más allá de la zona vigilada es un mundo desconocido.

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Al bosque le precede la fama como lugar sobrenatural desde hace mucho tiempo, cuando en la época Edo las famílias más pobres abandonaban a los niños y ancianos a su suerte en las profundidades del lugar, por la imposibilidad de poderles alimentar. Desde entonces muchas leyendas sobre espíritus circulan en la región. Se dice que los yureis habitan el lugar y que a veces algunos senderistas o turistas que están visitando las dos cuevas abiertas al público los han visto moverse entre los árboles rodeados de un aura blanquecina.

Aokigahara-tallon4-006Pero no es solo su fama de bosque encantado por lo que Aokigahara es el lugar tristemente elegido por tantas personas para quitarse la vida. En 1960 el escritor Seich Matsumoto publicó una novela en la que dos amantes se suicidan en el bosque, mientras años más tarde, en 1993, el escritor Wataru Tsurumi publicó «El completo manual del suicidio»una polémica obra que no fue censurada en Japón en la que se explica diferentes metodos de suicidarse, con descripciones explícitas y información respecto a cuestiones como el dolor que causa, el esfuerzo que requiere, la apariencia del cuerpo y la letalidad del método, así como qué métodos son más o menos dolorosos (desde mi punto de vista el libro más macabro y horrible que puede existir en manos de una sociedad donde mucha gente sigue pensando que el suicidio es la salida más digna a muchos problemas). En este libro recomendaba el bosque de Aokigahara como uno de los mejores destinos en Japón para morir. De hecho, algunos de los suicidas del bosque se han encontrado con este libro junto a su cadaver.

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Otro de los motivos de peso para que Aokigahara sea el bosque de la muerte es la proximidad de Tokyo y el hecho de que en Japón los familiares de los suicidas tienen que correr con los gastos económicos que pueda provocar su muerte, sea del tipo que sea. Por ejemplo, si deciden tirarse a la vía del tren, la familia tendrá que pagar el coste de los retrasos que pueda ocasionar a todos los pasajeros, así como indemnizar a la compañía ferroviaria por los inconvenientes. De la otra forma, suicidarse en el bosque es gratis…

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El gobierno ha ido colocando carteles por todo el bosque en el que ponen cosas como: “Tu vida es valiosa y te ha sido otorgada por tus padres. Por favor, piensa en ellos, en tus hermanos e hijos» o «Por favor, busca ayuda y no atravieses este lugar solo”. Más allá de los carteles enseguida se empiezan a ver cintas amarillas puestas por los guardabosques y voluntarios, ya que muchos de los cuerpos todavía están en el lugar que ellos escogieron para su reposo. En algunos casos solo la ropa, las pastillas tiradas por el suelo, la soga aun colgando del árbol o los huesos, ya limpios por el paso de los meses y los años, son testigo de lo que allí ocurrió algún día.

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