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Corría el año del Señor de 1994. Como cada domingo, una versión en miniatura del que escribe estas líneas se va con su padre a casa de sus tíos a ver el partido de fútbol de rigor, aunque a un servidor ver a unos tíos dándole patadas a un balón le llamaba menos que a Wert la educación. Lo que me gustaba era echarle el guante a la Super Nes de mi primo y disfrutar durante un rato de joyazas que no podía probar por el simple hecho de haber vendido mi alma a Sega durante la infancia.

Recuerdo muy bien que uno de sus juegos tenía como protagonista a un tipo con látigo y que no era Indiana Jones. De hecho, la fanfarria y espíritu de aventura jovial del amigo Indy brillaba por su ausencia. Por el contrario, el juego de marras estaba plagado de escenarios lóbregos, esqueletos, sangre y un ambiente que pondría los cataplines de corbata al mismísimo Christopher Lee. Estoy hablando, como no podía ser de otra manera, de Super Castlevania IV.

Ese fue mi primer contacto con la saga vampírica de Konami, y lo cierto es que la mezcla de nostalgia, ambientación y dificultad de aúpa lograron que este haya sido desde siempre mi Castlevania favorito (muy seguido de Rondo of Blood). No lo negaré, Symphony of the Night y la mayoría de «metroidvania» fueron tremendamente rompedores tiempo después, dándole una profundidad a la saga nunca vista hasta entonces. Sin embargo, para un servidor es mucho más satisfactorio vencer a un enemigo imposible a base de pericia, habilidad con los botones de salto, ataque y armas especiales, que a base de subir niveles y doparse hasta las trancas con objetos y pociones. Por eso mismo, juegos como Super Castlevania IV son aquellos que guardan un lugar muy especial en el hueco donde debo tener el corazón, y casi he perdido la cuenta de las veces que lo he terminado. Al menos tengo claro que la última vez ha sido horas antes de escribir este artículo.

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La historia del juego es tan simple que se puede resumir en una única frase: Simon Belmont va al castillo de Drácula para matarle. Fin. No le hace falta más. Tratar de ampliar la trama con más detalles sería una estupidez. Simon es el hombre mortal que se enfrenta a lo imposible, que se adentra en el castillo del vampiro más famoso de la historia para destruirle a él y a sus secuaces (recordad que el juego es prácticamente un remake del primer Castlevania y de Vampire Killer).

Lo que en verdad hace rica a esta joya de Konami son el resto de elementos, comenzando por esos gráficos oscuros y tétricos (muy al contrario que en posteriores juegos, que se hirían haciendo más y más coloridos, llegando a la irrisoria estética anime de las entregas para Nintendo DS), al uso del famoso Modo 7 y sus rudimentarios efectos tridimensionales. Escenarios como el corredor rotatorio o el monstruo de piedra Koranot son de esos que no se olvidan cuando se ven por primera vez.

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Escribir sobre Super Castlevania IV y no hacerlo sobre su banda sonora es pecado mortal. De hecho, hay consenso unánime (cosa rara en el mundo de los videojuegos) al indicar que se trata del aspecto más conseguido del juego. Todas los temas se han compuesto siguiendo la misma tónica, pero al mismo tiempo son capaces de tener su propio espíritu. Algunas de las melodías tienen algún toque de jazz, otras suenan como algo que escucharíamos en una película de terror con orquesta. El hardware de SNES se utilizó con gran maestría para crear un sonido que superase a cualquier otro Castlevania previo a la era del CD. De hecho, me permitiré el lujo de decir que incluso algunos de los Castlevania más modernos no han sido capaces de captar esas sensaciones. Cada nivel en el juego es distinto no sólo por su estilo visual, sino por la melodía que lo acompañan. En definitiva, la música es parte inseparable de la experiencia que supone jugar a Super Castlevania IV.

Once niveles. Plataformas, saltos imposibles. Espectros, zombis, medusas, momias y vampiros. Candelabros. Pollos escondidos en paredes. Drácula. Eso es Castlevania, lugar de recreo para el bueno de Simon. Para salir de allí de una pieza cuenta con el mítico látigo Vampire Killer (mejorable a base de power ups), más flexible que nunca ya que puede utilizarse para detener proyectiles, balancearse y atacar en ocho direcciones, algo nunca visto hasta el momento. A ello hay que añadir su clásico arsenal: dagas, hachas, cruz-boomerang, agua bendita y reloj para detener el tiempo. Sobrevivir en algunas de las partes del castillo es toda una odisea que pondrá a prueba nuestra habilidad con el mando. Afortunadamente contamos con el arcaico sistema de contraseñas para continuar nuestro periplo por esos magistrales niveles llenos de momentos impagables, como esa gigantesca rueda dentada nos va persiguiendo al escalar una torre, o la huida de una infinita bandada de murciélagos mientras se derrumba un puente.

De hecho, se podría decir que el único punto flaco de esta joya son algunos jefes finales, más sencillos de lo que cabría esperar; sin olvidar la estúpida censura que sufrío la versión occidental del cartucho, en la que los pechos de algunas estatuas eran tapados con una sábana, y la sangre goteando era cambiada vilmente por un liquidillo verde cuya procedencia es mejor que siga en el más absoluto de los misterios.

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Recorrer Castlevania y matar a Drácula nos llevará una hora aproximadamente, pero os invito a que lo logréis a la primera sin guardar la partida en los emuladores. Si lo lográis, los amigos de Konami y un servidor os pondremos una estatua en la puerta de casa. Así que niños, mucho ojito al tratar de imitar al siguiente amigo. No es tan fácil como parece:

De esta forma concluye mi homenaje a una de las sagas más famosas de los videojuegos. Lo cierto es que tiempo atrás algunos lectores nos pidieron hacernos eco de Castlevania en Retromanía, así que aprovechando la salida de Lords of Shadow en PC, un servidor cumple con las peticiones de su público. Y vosotros, mozalbetes de la «era Playstation» que os creéis que la saga de los Belmont empezó con Symphony of the Night, dejaos de tanta exploración con toques RPG y comenzad a sufrid como campeones.