Dig Dug princ

En un tiempo muy muy lejano, la puntuación tenía el máximo protagonismo en los juegos. Ya no resulta tan sencillo escuchar frases como “¿Cuántos puntos has conseguido tú?” o “He batido el récord de puntos”, pero sí, los puntos existieron y tuvieron su protagonismo. Ahora, en buena parte de los juegos, estos pobrecillos han dejado de existir o se muestran en un lugar apartado de la pantalla, intentando no eclipsar al resto de elementos. Pero volvamos a ese tiempo tan tan lejano…

Si algo importa en Dig Dug es su puntuación, tanto que su primer objetivo es colocar nuestras tres iniciales en la lista de récords. Ver esas tres letras que nos caracterizaban (a pesar de que muchos optábamos por escribir AAA) eran la recompensa y la razón de seguir jugando, una y otra vez, para conseguir la máxima puntuación. Algunos nos sentíamos felices y orgullosos por estar en primer lugar, hasta que nuestro mejor amigo del alma nos superaba en apenas cinco minutos y sin ningún esfuerzo. ¡Mundo cruel!

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Por descontado, además de los puntos, la diversión y, sobre todo, la parte adictiva caracterizaban a Dig Dug. Sí, es el jueguecillo en el que excavábamos e hinchábamos a los monstruitos hasta que estallaban, pero se merece una presentación mejor. Dig Dug es el jueguecillo en el que excavábamos e hinchábamos a los monstruitos hasta que estallaban. ¿Y ésta es la presentación que se merece? Venga, vale, añadamos algunos datos más.

Dig Dug fue una realidad gracias a Namco y pudimos disfrutarlo desde 1982 , es decir, desde hace ¿31 años? Sí, 31 años. Sin embargo, muchos lo jugamos años después, como signo de que era un juego de lo más adictivo que no pasó de moda. Así, a lo largo de su historia, pudimos jugarlo en recreativos, en NES, Game Boy, en múltiples versiones para PC y en buena parte de plataformas como PSP, Wii o Xbox 360, que decidieron volver a revivir este clásico, bien con la misma versión o con una versión remasterizada (o con ambas).

Como clásico que es, comparte con el resto de clásicos tres características básicas: sencillez, niveles adictivos y objetivo bien definido. La primera característica, la sencillez, queda patente desde el principio de la aventura: un hombrecillo equipado con un arpón debe pinchar a los enemigos y llenarles de aire hasta que exploten. Los enemigos se dividen a su vez en Pookas (criaturas rojas equipadas con gafas de bucear) y Fygars (una especie de cocodrilos que escupían fuego).

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En segundo lugar, los niveles adictivos se consiguen mediante el sistema de puntos. Si recogemos determinadas frutas que encontramos de vez en cuando, obtenemos puntos extra. También, si en lugar de matar a los enemigos mediante el sistema tradicional, dejamos caer una roca encima de ellos… Esta segunda forma de acabar con ellos tiene esta gran recompensa, aunque es difícil de llevar a cabo. Respecto a esta última característica, queda claro que hay que avanzar de nivel, acabando con todos los enemigos y consiguiendo la máxima puntuación.

A simple vista, teniendo claros estos tres aspectos, parecía el juego más sencillo del mundo. ¡Pero no! Necesitábamos bastante práctica y habilidad a pesar de sus sencillos controles para avanzar por los niveles, que se iban complicando por momentos. Y es que, si se nos acababan las tres o las cinco vidas (el número dependía de cada plataforma y de las opciones que incluían), volvíamos a empezar. Con un simple roce entre un Pooka o un Fygar, perdíamos una vida, al igual que ocurría si, al intentar matar con una roca, quedábamos nosotros mismos aplastados por ella. A esto se le une que los monstruitos acostumbran a perseguirnos en grandes grupos y que no siempre podíamos girarnos con rapidez y atacar. Aunque eso sí, hay que reconocer que los movimientos del prota eran bastante ágiles, lo que significaba que, cuando creíamos que estaba todo perdido, un simple giro nos salvaba la vida.

dig dug enemigos

¿Y qué decir de la melodía? Ésta iba al compás de nuestros pasos y ella solita expresaba la alegría de pasar de nivel o la decepción de un Game Over. Hablando de decepciones, los escenarios de Dig Dug apenas presentaban diferencias unos con otros, más allá del color de la arena, pero poco importaba por aquel entonces… Sobre todo, teniendo en cuenta que poseía un modo para dos jugadores, en el que cada uno comenzaba su turno cuando el otro perdía la vida. ¡Cuántas injusticias ocurrían en este modo multijugador! ¿Por qué las criaturas siempre iban a por nosotros mientras que permanecían más dóciles ante nuestro amigo? Forma parte de los misterios sin resolver de la naturaleza.

A todo esto, talonianos, ¿no sería mejor hablar en presente y no en pasado? Tal vez sí, puesto que Dig Dug no es de esos juegos que creías tan grandes y que, al volver a jugar 15 ó 20 años después se vuelven tan pequeños. Al volver a jugar podemos comprobar que los recuerdos son fieles a la realidad. Es tal y como lo recordábamos. Quizás porque nunca fue una pasada en jugabilidad y gráficos, con un argumento complicado. Era así, sencillo pero adictivo. Es así, sencillo pero adictivo. Prueba de ello fue el lanzamiento de Dig Dug II, básicamente con la misma jugabilidad, pero ubicado en una isla que podíamos romper a pedazos para lanzar a las malvadas criaturas al agua. Era mucho más completo, más original, diferente y más complicado. Sin embargo, no por ello tenía que superar la calidad del primero. A partir de ahí, el mundo se dividió entre los amantes de Dig Dug y los de Dig Dug II, como si se tratasen de la misma competencia. Eterno debate…

Por supuesto, las numerosas versiones y remasterizaciones de este clásico pueden encontrarse fácilmente, lo que demuestra que, independientemente de que las remasterizaciones sean buenas o malas, Dig Dug sigue completamente vivo. Y lo que le queda… Lo que no sigue ya muy vivo es este 2013, así que, a pocas horas para que finalice, acabamos también con el último Retromanía del año. Nos leemos el próximo año, con más clásicos y juegazos que han hecho historia. ¡A portaos bien, talonianos!