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No sólo Super Mario sabe entrar y salir de las tuberías como si nada. Que se lo digan a Bugs Bunny y compañía, quienes, hace ya muchos muchos muchos años, decidieron embarcarse en una aventura a vida o muerte. En bandos separados, por supuesto. El conejo Bugs, ansioso de coger todas las zanahorias, se introdujo en un castillo, repleto de escaleras y tuberías. Con lo que no contaba es con que Silvestre, El Coyote, Sam Bigotes y el Pato Lucas querrían acabar con él…

The Bugs Bunny Crazy Castle llegó a la vida de muchos aspirantes a futuros jugadores allá por el año 1989, de la mano de la, por aquel entonces, popular Kemco. Primero fue lanzado para la mítica NES, aunque sólo en Norteamérica. Un año más tarde, llegaría a Game Boy, aunque como es comprensible, con una calidad menor y con su característico blanco y negro. Para aquéllos que pudieron disfrutar de una versión importada de NES (gracias al super tío viajero o al dependiente que todo lo conseguía), esta versión de Game Boy supuso un auténtico retroceso, por la simplificación de sus gráficos y por la supresión en las texturas de los materiales del juego. Para los que se estrenaban con ella, una auténtica maravilla.

Bugs Bunny

El objetivo en ambas versiones era avanzar de nivel. En cada nivel existía un determinado número de zanahorias. Si Bugs Bunny las cogía todas, podría avanzar al siguiente nivel y recibía una vida extra, por toda la cara. Y así hasta el infinito. Bueno, infinito infinito no, pero sí durante 60 y 79 niveles en NES y Game Boy, respectivamente. Por el camino, el conejillo se encontraba con compañeros de trabajo, que hacían todo lo posible por acabar con él. Si chocaba con uno de ellos, era conejo muerto (y menuda forma de morir, tumbado en el aire con una cara rara).

Para acabar con ellos, existían varios métodos. Conseguir por el camino un guante de boxeo, plantarse delante de uno de ellos y lanzárselo a la cara. Obtener una poción, para que Bugs pudiera matarlos a todos chocándose con ellos, aunque sólo mientras durasen los efectos parpadeantes de dicho líquido. Arrojar por el aire cajas, pesas, cubos o ¿televisiones? para aplastarles cuando pasasen por debajo, aunque se necesitaba bastante buena puntería, puesto que si este objeto caía al suelo, se destruía. Puede parecer fácil cuando dominamos estos objetos. Sin embargo, a su escasez por momentos, hay que añadir que estos animalejos van por libre con respecto a las leyes de la naturaleza. Es decir, a veces se quedaban pillados en un rincón. Otras hacían giros bruscos e inesperados. Otras no había quien les moviese del lugar al que teníamos que pasar. Y es que, aunque cada uno de ellos tenía asignada una tarea, por cuestiones técnicas estaban algo despitadillos.

Algunos como Silvestre, acostumbraban a subir y bajar pisos, pero otros sólo caminaban recto por un mismo piso. ¡Menuda vagancia y aún así no es que fueran de lo más espabilados! Volviendo al objetivo del juego, es decir, a la búsqueda de las zanahorias, hay que decir que los controles eran muy pero que muy sencillos. La cruceta nos permitía movernos, empujar objetos y subir y bajar por tuberías y ascensores. Por otro lado, el botón A o el B era utilizado para lanzar el puño de boxeo. Sin embargo, esta sencillez no estaba exenta de trágicos finales, pero, aunque se terminasen las vidas, el juego nos permitía seguir todas las veces que quisiésemos en ese nivel. Por supuesto, para no tener que recorrer 50 niveles para volver al lugar en el que nos habíamos quedado la última vez, existían las amadas contraseñas, desde el primer nivel, para las dos versiones. ¡Qué haríamos sin ellas!

Bugs Bunny

Una vez que este clásico llegaba a su fin, obteníamos un “Congratulations!! You are good player!!” en el caso de la versión de Game Boy y un “The End”, con un romántico beso entre Bugs y su enamorada en la versión de NES. ¿Qué pintaba este beso? Pues la verdad es que ni idea. Sin embargo, no fue un final para siempre, puesto que este sencillo jueguecillo gustó tanto que pronto llegarían The Bugs Bunny Crazy Castle 2, The Bugs Bunny Crazy Castle 3 e incluso The Bugs Bunny Crazy Castle 4. Y siempre con la misma fórmula.

La clave de que fuese un gran juego para muchos jugadores parte de su sencillez y de sus adictivos niveles. No es difícil que muramos una y otra vez y tampoco resulta raro que queramos repetirlo mil veces hasta conseguirlo. Y es que hay algunos niveles llenos de complicaciones, de tuberías kilométricamente enredadas que nos llevan hasta la boca de un enemigo o de zanahorias imposibles de conseguir a simple vista y que nos llevarán unos cuantos intentos. Por suerte, es un juego que prima la habilidad y la estrategia y, por ello, no tenemos que empezar de cero para intentar un determinado nivel.

Además, para aquellos jugadores más competitivos, incluía el tradicional recuento de puntos, también en las dos plataformas. ¡Qué bonito era superarse una y otra vez! Pero, como muchos juegos, también tiene sus partes negativas: la monotonía, la ausencia de diálogos que le habrían dado más viveza, algunos errores técnicos o los torpes controles (en este juego se echa de menos que Bugs Bunny no pueda saltar). Y bueno, la música tan divertida puede convertirse en una tortura al cabo de 20 ó 30 niveles.

http://www.youtube.com/watch?v=M4V6LrIg0sE

En definitiva, aunque The Bugs Bunny Crazy Castle no fuera uno de los juegos más destacados de la época, ni uno de los más revolucionarios, servía para despejarnos de partidas más profundas y complicadas. Sirvió para entretener, pero sin estresar. Para introducir a muchos jugadores en un modelo de juego de plataformas que aún hoy en día se repite. Para formar parte de los recuerdos de miles de jugadores. Y una curiosidad más, en Japón fue lanzado el mismo juego, pero protagonizado por Mickey Mouse. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!