[Publicado el 28 de octubre de 2012]

En todas las culturas y religiones es común asociar los lugares de culto religiosos, así como los cementerios o camposantos, con apariciones y hechos sobrenaturales. El país del sol naciente no es una excepción, contando en su haber una gran cantidad de templos, la mayoría de los cuales son budistas. Hoy, en este tercer especial sobre los fantasmas japoneses, hablaremos un poco sobre ellos y su relación más directa con el mundo de los fantasmas. ¿Por qué nos centraremos en los templos budistas si en Japón existen dos religiones mayoritarias? ¿Qué tienen de peculiar?

El 99% de los templos japoneses son budistas, solo el 1% restante son sintoístas y están localizados sobre todo en las zonas de Hokkaido y Okinawa, donde se han decantado más por dicha religión (original de Japón, recordemos que la budista proviene de China), quizás por ser unas zonas que por su geología están más aisladas dentro del propio país. Los templos budistas se reconocen fácilmente, ya que tienen un cementerio siempre anexo.

Entrar en un cementerio japonés es tremendamente curioso de ver para los occidentales, ya que su planteamiento choca con nuestro tipo de mentalidad. Como ya dijimos en el primer especial, la mayoría de cementerios japoneses son pequeños (sobretodo los situados en las ciudades) y ocupan un espacio parecido al de un jardín o una casa pequeña unifamiliar. Las tumbas están formadas por diferentes partes. La principal es la lápida, también llamada Piedra de Buda: un bloque de piedra rectangular que se alza como parte principal del sepulcro, bajo él siempre hallaremos el Karoudo: una pequeña cripta donde se dipositan el kotsutsubo (las cenizas del difunto). Pese a que a su alrededor también habrá unos pequeños jarrones para poner flores, los japoneses suelen llevar a las tumbas de sus seres queridos comida y bebida, con lo que no es extraño ver latas de café, té o cualquier otro tipo de bebida de máquina expendedora.

Pero lo que más llama la atención de las tumbas japonesas son los Sotouba: tablas de madera, de unos 150 cm de alto y poco más de unos 10 o 15 cm de ancho, donde se escriben frases en japonés y sánscrito. Estas tablas se colocan en las ceremonias más importantes: a los 100 días, 1 año, 7, 13, 23, 27 y 33 de la muerte del difunto. En un Sotouba hay escritos caracteres que simbolizan los cinco elementos principales de la vida (tierra, agua, fuego, viento y cielo) y frases de budistas.

Así, en los cementerios japoneses, situados habitualmente como ya hemos mencionado en un lateral del templo, encontraremos estrechos pasillos llenos de estos monumentos funerarios de piedra, con tablas grabadas y ofrendas en forma de bebidas y comida (mayoritariamente de supermercado).

Ahora que conocemos un poco mejor como es un cementerio japonés, podemos empezar a hablar sobre ellos con una idea más clara del entorno.

Uno de los templos budistas más conocidos de Tokio es el Templo Zojoji, situado detrás de la famosa Torre Tokio. Este templo fue construido en 1393 y se movió a su ubicación actual junto a la torre en 1598, alojando a principios de la época Edo a la familia Tokugawa, para después ser transformado en un centro de estudios, donde prosperó y expandió hasta tener a su alrededor más de cuarenta y ocho templos y ciento cincuenta escuelas. Durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de los edificios fueron bombardeados. En la actualidad se han reconstruido tanto el edificio principal como algunos templos colindantes, rodeados de jardines, y es uno de los templos más conocidos de la ciudad. En el templo de Zojoji también existe un cementerio, pues como hemos dicho se trata de un templo budista, y como tal entre las personas que lo han visitado a lo largo de los años y fotografiado, corre el rumor de una historia una historia de fantasmas que os pasamos a relatar.

Según las creencias japonesas, nunca debes de hacerle una fotografía a una tumbas, pues si el alma del muerto todavía está en este mundo la puedes capturar, y de esta forma una maldición caerá sobre tí. Un turista que rondaba por la zona decidió , ya caída la noche fotografiarse en el templo Zojoji, en una zona de poco acceso donde podía salir detrás iluminada la Torre Tokio y así quedaría una bonita estampa de recuerdo. Si bien lo que no sabía es que al rebelar esta fotografía encontraría algo inesperado, una sombra blanca con forma de mujer y con un pelo largo hasta la cintura, aparecería tras él. Al finarse un poco más en la fotografía observó que al lado de la figura algo más oscuro resaltaba: era la parte superior de una tumba, pues sin darse cuenta se había fotografiado justo detrás del cementerio del Templo Zojoji.

Pero el templo no solo es conocido por las historias de fantasmas, algo mucho más inquietante se puede encontrar en un lateral del recinto donde miles de estatuas Jizo rezan en largas filas que recorren toda la periferia del recinto.

Cada una de estas pequeñas estatuas, con un molinillo al lado y vestidas con ropajes rojos, representan a un niño muerto o no nacido. Durante metros y metros se pueden encontrar estas estatuas decoradas con alegres molinillos de viento, que al girar en el silencio sepulcral que está anclado en el lugar, causan una sensación de presión y ahogo difícil de explicar. Estas tumbas son representadas con estatuas de Jizo: la deidad más venerada en Japón, dios encargado de proteger el alma de los niños que aún no han nacido, de los que han muerto siendo muy pequeños, de las embarazadas y, curiosamente, de los bomberos y de los viajeros. Según la cuenta la tradición budista, las almas al morir tienen que cruzar el río Sanzu, pero los niños por su ingenuidad y falta de experiencia en la vida, no pueden hacerlo solos. Para poder alcanzar el paraíso, la anciana Datsueba les recomienda hacer un montoncito con los guijarros para así llegar hasta él, pero los demónios que habitan en la orilla se los destruyen y les impiden alcanzar su meta. Pero con la ayuda de Jizo, que esconde a los niños entre su ropa, pueden engañar a los demónios y cruzar hasta la otra orilla, salvando así de construir pilas de piedras durante toda la eternidad.

En Japón, existe un templo cuya vinculación con los fantasmas es mucho más fuerte que ningún otro en todo el país: estamos hablando del Templo de Zenshoan, que para romper la regla de lo anteriormente dicho, es sintoísta. Este templo no posee ningún cementerio, pero es mundialmente conocido por poseer una colección de cincuenta pinturas en tela de fantasmas japoneses. Cada agosto, el Templo de Zenshoan, situado al sur de Tokio, abre las puertas de su galería para que la gente pueda visitar esta enorme colección privada que data del período Edo (con unos 150 o 200 años de antigüedad) que representan a diferentes tipologías de fantasmas y apariciones.

Las pinturas fueron recogidas por Sanyu-tei, famoso narrador que durante la era Edo estudió en el Templo Zenshoan. Encho coleccionó las pinturas como fuente de inspiración para los cuentos de fantasmas que le gustaba contar en verano, pero: ¿por qué narraba las histórias en verano? ¿Cómo es que el templo abre las puertas de esta galería solamente en el mes veraniego de agosto? Todas estas coincidencias no son hechos fortuitos, pues tenemos que tener en cuenta que para los japoneses el verano es la época de los fantasmas.

Actualmente, se aprovecha esta creencia para estrenar todo tipo de películas de terror en los cines, emitir por televisión especiales sobre “cazafantasmas” locales o llenar los parques de atracciones con todo tipo de casas encantadas. Es precisamente en esta época del año (entre julio y agosto) cuando se celebra en todas las localidades el festival del O-bon, en el cual se da la bienvenida a las almas de los antepasados que regresan durante esta época al mundo de los vivos. Durante el O-bon, la gente se reúne en lugares abiertos donde se hace una gran celebración con Taikos y músicas alegres. La gente que acude tiene que estar contenta para recibir correctamente las almas de los difuntos. Así, en esas fechas, contar historias de fantasmas en estas reuniones festivas ha sido una larga tradición desde tiempos inmemoriales, y el señor Sanyu-tei, con la inspiración de estas obras, debió ser de los mejores de su época.

Nosotros no pretendíamos ser tan buenos narradores como Sanyu-tei, pero esperamos haberos transmitido a través de estos tres especiales sobre los fantasmas japoneses un poco más de información sobre una parte de la cultura japonesa menos conocida para el público en general, pero tremendamente importante para los propios nipones. Seáis yureis, Ubume o Funayūrei-urei, muchas gracias por aguantar hasta el final, y vigilad dónde tomáis fotografías.