Emprendemos de nuevo el camino de ascenso al Monte Fuji allí donde lo dejamos en el especial anterior, a las puertas de la quinta estación, desde la cual hemos podido acceder muy cómodamente en un autobús de línea ¡Así cualquiera sube al Fujisan!

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**»Os recordamos que esta crónica está basada en un ascenso diurno con punto de partida y final en la quinta estación de Kawaguchiko, por lo que de ahora en adelante cuando nos refiramos a “5º estación”, generalizando, estaremos hablando siempre de la anteriormente nombrada.»

El ascenso

Lo primero que tenéis que tener en cuenta cuando planifiquéis vuestro ascenso es que si lo realizáis de día tenéis un tiempo limitado, ya que los autobuses que llevan y traen hasta la quinta estación no funcionan las 24horas. En la temporada de ascenso oficial, que comprende únicamente los meses de julio y agosto, el primer bus sale a las 6:10 de la mañana (llegando a la quinta estación a las 7) y el último bus de regreso emprende el camino de regreso desde la quinta estación a las 7 de la tarde. Esto deja un margen de unas 12 horas para ascender, reposar y descender. Parece suficiente, y de hecho lo es, siempre y cuando tengas unos horarios establecidos y no te distraigas demasiado, en nuestro caso acordamos hacer cima antes de las 3 de la tarde, para poder descansar un mínimo de media hora y afrontar el descenso con tiempo suficiente para llegar a coger el penúltimo bus, siempre pensando en las posibles incidencias que nos puedan surgir, pues bien podría estar lleno o lo podíamos perder por cualquier descuido.

Un vez llegamos a la quinta estación, y después de pasar por las tiendas de recuerdos en busca de chubasqueros pues el día se estaba nublando más de lo deseado, comenzamos el ascenso. Al inicio del camino han puesto un pequeño “peaje”, donde a cambio de una voluntad de 1.000 yenes, destinados a la conservación del monte, te dan una chapita y un papelito a modo de entrada. Nada más comenzar el ascenso lo que más sorprende es que el camino baja en vez de subir, pero no os preocupéis que estáis en la ruta correcta, al avanzar unos 100 metros existe un desvío, el verdadero ascenso comienza allí y será entonces cuando os encaminéis hacia la sexta estación. Hasta llegar a ella el camino estará lleno de gente, muchísima gente de todas las nacionalidades, pero la mitad de ellos se quedarán en la sexta estación, disfrutando de las vistas y del primer lavabo de pago.

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Los primeros metros del camino

Un apunte importante: en cada estación hay baños donde poder desahogarte más o menos tranquilo, pero hay que tener en cuenta que todos ellos son de pago, y contra más arriba más caros son.

Desde la quinta a la sexta estación el camino es muy empinado, comenzando ya desde el principio con fuerza, pero tranquilos, eso no es nada en comparación con lo que os espera más arriba 😀 El paisaje entre ambas estaciones es boscoso, verde y frondoso, incluso húmedo en algunas zonas. Pero todo ello cambia radicalmente en la sexta estación, a partir de la cual el volcán pierde su verde para convertirse en una árida tierra marrón rojiza. Al entrar en la séptima estación una gran puerta roja os dará la bienvenida a la tierra de los dioses y es que será en ese punto que comenzará el verdadero ascenso al Fujisan. Donde medirás tus fuerzas con las de la naturaleza y te encontrarás la verdadera fuerza que emana de ti.

En nuestro caso, al pasar de la séptima estación el día se nubló, volviéndose ventoso y frío, las pequeñas gotitas de agua (a veces no tan pequeñas) se te clavaban como agujas cuando  las nubes atravesaban el camino y a aquellos que estábamos en él , pues ya a esa altura las nubes te atraviesan, no pasan por encima de ti. El frío a 3000 metros de altura nos quemó la piel de las manos y la cara, por lo que no es un mal consejo llevar, además de unos chubasqueros, unos guantes térmicos y muchos clínex.

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Nuestras manos quemadas e hinchadas al día siguiente del ascenso

Las estaciones

Aquello que llaman estaciones son pequeñas y alargadas construcciones de madera y cemento a modo de refugio de montaña, con apenas unos futones y una pequeña cocina en su interior. Siempre bajo el cuidado de un par de personas que hace vida en ellos durante los meses de verano. También podremos comprar agua y comida, con poca variedad y extremadamente cara, pero para una emergencia ya sirve.

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Una de las construcciones de la octava estación

Antes de llegar a las estaciones encontraras en el camino unas enormes escaleras, que más de uno sube a cuatro patas, hasta que te encuentras con los bancos anexos al refugio, donde podrás descansar, comer un poco y reponer fuerzas hasta el siguiente descanso.

Cabe advertir que cada una de las estaciones tiene sus propias curiosidades. La sexta estación encontrarás a muchísima gente, muchos de ellos se quedarán allí. Es un lugar perfecto para hacer las fotografías del camino hasta la cima, pero desengáñate, eso que ves seguramente no es la cima ¡No te desesperes!

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Panorámica del camino a la cima tomada desde la sexta estación

Desde la sexta a la séptima estación el camino es amplio y bien marcado, con grandes escalones construidos para que el ascenso sea más cómodo. Sin embargo nuestro cuerpo comenzará a notar que estamos subiendo bastante rápido, por lo que aunque tengamos energías para parar un tren, siempre es mejor ir disfrutando del camino.

En la entrada de la séptima estación encontraremos la famosa puerta roja, la primera de las tres puertas que existen camino a la cima del Fujisan.

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Primera puerta del Monte Fuji en la séptima estación

Desde la séptima estación hasta la cima nos espera el camino más duro, la altura hará que nos cueste más respirar y el cuerpo estará más cansado. Es especialmente desmotivador el tramo que comprende la octava estación, uno de los más extensos, compuesto por varios edificios a diferentes alturas del camino. Cuando parece que ya la has superado y llegado a la novena te encuentras con un cartel dándote la bienvenida de nuevo a la octava estación, así como tres veces. Después a la 8,5 estación, la popularmente llamada nueva octava.

Cuando logras pasar de este bucle, ya con ganas de un último y merecido descanso antes de coronar la cima te encuentras con la novena estación… o como la bauticé en mi desesperación, la estación fantasma. Un pequeño altar, enterrado casi por completo entre las rocas. Sin edificaciones, sin bancos, sin un lugar adecuado para el descanso. La novena estación es un pequeño altar de apenas medio metro de altura puesto encima de una roca en mitad del camino… ¿Esto es una estación? ¡Si no llega ni a apeadero! Por suerte enseguida nos encontramos un letrero que informa con alegría que apenas nos quedan 200 metros para llegar hasta la cima. Esa cima que yo no podía ver, porque las nubes la tapaban, el viento me empujaba hacia atrás y la lluvia me cegaba los ojos. ¡Qué suerte tienen aquellos que llegan a escalar el Fuji con sol y calorcito!

En un punto que no recuerdo bien, antes de llegar a la “novena estación” nos encontramos con la segunda puerta, esta vez es blanca, como el paisaje nublado que nos rodea, y apenas alcanzamos a verla cuando quedan unos pocos metros para cruzarla. Los excursionistas dejan entre sus agrietados mástiles de madera pequeñas monedas enquistadas como ofrenda al gran Fujisan.

La llegada a la cima

Cuando apenas quedan unos 10 metros para la cima y antes de que empiecen los mortales últimos escalones, se alza la gran meta, la última puerta. Blanca, grande y majestuosa, custodiada por dos valientes leones, blancos como la nieve o como las nubes que me rodean. Sientes un calorcito muy especial cuando la cruzas, has puesto tu cuerpo y tu mente a prueba y lo has superado. Y allí estás, con Japón a tus pies, en su lugar más alto y sagrado, tocando el cielo con las manos.

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Recuerdo mi llegada a la cima como algo especialmente cómico, y a cámara lenta. El clima era horrible, el frío y la lluvia habían acabado con las fuerzas y el ánimo de muchos excursionistas, incluso a pocos metros de la cima, esta aún no se veía. Pero aún quedaba una gran barrera, después de pasar la puerta blanca, unos infernales escalones eran los últimos pasos del camino.

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Ahora ves la puerta….
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… ahora ya no la ves (pasaron apenas unos segundos entre ambas fotografías).

Llegué sola, puesto que del grupo de cuatro personas que hicimos juntos el ascenso yo era la que más me retrasé, pero ya conocías de vista a todos aquellos que habían subido a tu ritmo durante los últimos 100 metros. Mientras avanzaba los últimos metros, lo tengo que reconocer a cuatro patas, por esas odiosamente empinadas escaleras, estaba sentados y medio tumbados a ambos lados del camino excursionistas con menos ánimos, agotados a pocos metros de su objetivo. A mi lado otro compañero de ascenso el cual no conocía más que de vista por habernos adelantado mutuamente en numerosas, avanzaba a mi lado, también a cuatro patas, intentando alcanzar el último escalón. El escenario a mi llegada se parecía más a una zona bélica que a la cima de una montaña tan popular como Fujisan.

Pese a todo llegamos por fin, los cuatro pudimos hacer cima en 5 horas y media ¡Todo un record para nosotros que no somos excursionistas experimentados!. Exhaustos nos buscamos los unos a los otros entre los cuatro refugios que están en la cima. Una vez juntos pudimos degustar el ramen más insípido de todo Japón, sin embargo en aquellos momentos de gloria poco importaba pues la euforia que sentíamos superada hasta el cansancio.

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Interior del refugio nº1

Es cierto que en días despejados los más aventureros pueden dar la vuelta al cráter del volcán, se tarda alrededor de una hora y puedes pasar por el punto más alto, ver el cráter, etc… Nosotros no lo pudimos hacer, puesto que la niebla impedía ver el camino y el viento podía causar algún accidente grave al apartarte del camino de un golpe.

Y así, cansados pero contentos de nuestra gesta salimos del refugio dispuestos a enfrentarnos al reto de la bajada, el cual os contaremos en el siguiente, y último, especial.