El seppuku es una de esas prácticas que fascina a la sociedad occidental. Pero, ¿por qué se dejó de practicar? ¿Qué ocurrió en Japón para que la sociedad cambiara su opinión respecto a esta popular muerte ritualística? ¿Realmente su opinión ha cambiado?

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Hoy os traemos la primera parte de un interesante artículo extraído, traducido y adaptado para que podáis conocer todo acerca de esta fascinante y dura práctica de suicidio japonés.

*Ojo, este artículo contiene algunas descripciones impactantes*

Para aquellos que no estéis familiarizados con el termino, el seppuku es una forma ritualizada de suicidio a través de la cual el individuo que lo practicaba se atravesaba su propio estómago con una katana. Hubo una época en la que este ritual para darse muerte formaba parte del código samurái en Japón, el llamado bushido, y se consideraba una forma honorable de morir. De hecho hasta el siglo XX, era un ritual bastante común. ¿Qué pasó? ¿Por qué esta práctica se extinguió?

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Sin embargo, que no se practique no significa que el suicidio en Japón no sea aún una práctica relativamente común (podéis consultar nuestro reportaje sobre El bosque de Aokigahara o «La cultura de suicidio en Japón«), ni tampoco que algunas personas también realicen ciertas practicas rituales antes de cometerlo. Sin embargo después de la Segunda Guerra Mundial, el acto del seppuku se volvió raro hasta el punto de resultar impactante. El seppuku cometido por el famoso autor Yukio Mishima en 1970 fue visto como anacrónico y vergonzoso para el país, y en 2001 la muerte de la judoka Isao Inokuma por seppuku fue considerado toda una anomalía. Pero en el siglo XIX, el seppuku no solo fue una practica relativamente común, sino que era la muerte deseada entre muchos miembros de los clanes samuráis.

El fin de la judicatura del seppuku

Durante dos siglos Japón estuvo aislado del resto del mundo. Estaba prohibido para los ciudadanos japoneses abandonar el país, y el comercio con el mundo exterior se limitó a algunos barcos chinos y holandeses, que conseguían entrar al puerto de Nagasaki previa autorización. Pero en la segunda mitad del siglo XIX todo esto cambió cuando los estadounidenses y los rusos invadieron Japón, imponiendo el comercio por la fuerza. El resultado fue un periodo de gran agitación en Japón.

Muchos miembros de la clase samurái se resistían a las reformas del nuevo gobierno, que trían consigo la reapertura de los puertos y la aparición de extranjeros en sus costas (época en que los artesanos y pescadores aprovecharon para sacar dinero a los extranjeros con las Momias japonesas: Sirenas, Kappas y dragones).

La Casa Imperial había sostenido durante mucho tiempo una posición en gran medida simbólica con el dominio del shogunato, pero con la aparición de los extranjeros llevó a una especie de fundamentalismo cultural, con un renovado apoyo al emperador y contra el gobierno japonés. También fue un período marcado por una serie de asesinatos a extranjeros, y algunos nipones que mantenían tratos con foráneos, por miembros de la clase samurái. Algunos de estos samuráis cometían el seppuku voluntario después de los asesinatos, con el fin de desvincular a sus señores de los actos y evitarles el castigo, otros renunciaban y se hacían rônin. Otros fueron detenidos y, si eran afortunados, se les permitía cometer seppuku «obligatorio» como sentencia.

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El emperador Kômei tampoco ayudó a mejorar la situación emitiendo una orden en 1863 para «expulsar a todos los bárbaros». Mientras el gobierno estaba enfrascado en la creación de reformas para modernizar Japón, muchos samuráis tomaron las palabras del emperador como una carta blanca para matar a los extranjeros. Los extranjeros que cometían el error de violar alguna norma legal o de conducta podían encontrarse con el lado equivocado de la espada de un samurái.

Fue durante este período que se inició la fascinación de los occidentales por el seppuku, llamado por muchos escritores foráneos «hara-kiri». Los diplomáticos británicos Ernest Satow y Algernon Mitford presenciaron una de las sentencias «obligadas» a seppuku por el poder judicial, y ya de vuelta a sus hogares publicaron al detalle todo lo que allí vivieron. Lejos de creer el suppuku cómo una práctica bárbara, estos escritores destacaron la nobleza y el decoro impresionantemente tranquilo con el que el condenado llevaba a cabo el suicidio, considerándolo un acto de honor de la caballería.

220px-LeonRochesCirca1865Pero las cosas cambiaron en 1868 con el Incidente de Sakai. Sakai es una ciudad costera, que en aquel momento todavía estaba cerrada a los extranjeros, pero en marzo del 1868 trece marineros franceses remaron hasta sus orillas. Existe un desacuerdo sobre lo que hicieron mientras estaba allí; algunos dijeron que los marineros estaban formando algo de alboroto y otros testigos oculares que solo habían comprado algo de fruta. El hecho es que un samurái del clan Tosa se tomó esta pequeña intrusión demasiado en serio, matando a once de los trece marineros, los cuales estaban desarmados. El Cónsul de Japón, Léon Roches, insistió en que se ejecutaran a los culpables. Veinte samurais, mayormente elegidos por sorteo, fueron condenados a muerte por seppuku.

Roches envió a uno de sus capitanes, Bergasse du Petit-Thouars, para presenciar la ejecución, que ya se había anticipado que sería por decapitación. Para la sorpresa de Du Petit-Thouars, el primer samurai Minoura Inokichi, se levantó y le gritó entre insultos «Los franceses no van a querer comer más carne después de esto» y acto seguido se destripó a sí mismo. Esta fue en realidad una ceremonia de seppuku particularmente agresiva y macabra, totalmente carente del decoro y majestuosidad que habían presenciado y descrito Satow y Mitford. Además (por si todo esto fuera poco) los kaishaku, cuyo trabajo consistían en cortar la cabeza del practicante al seppuku una vez que esta se había rajado el estómago, fueron particularmente incompetentes y no fueron capaces de cortar los cuellos de los samuráis de un solo corte.

Tras la decapitación de once samuráis Du Petit-Thouars declaró la ceremonia como terminada, once samuráis habían muerto por el asesinado de once soldados, y el capitán decidió que ya había suficiente. Creyendo que estaba realizando un acto de misericordia con los nueve samuráis restantes. En realidad resultó ser un error, en los informes de los japoneses Du Petit-Thouars figura como el francés cobarde. Los occidentales fueron un poco más amables, diciendo que los franceses estaban más interesados en la venganza que en la justicia.

Si más no los diplomáticos occidentales que vivían en Japón aprendieron algo muy importante tras este incidente: el seppuku «obligatorio» impuesto como castigo por el poder judicial, no era un impedimento para matar extranjeros. Un martirio, glorioso y honorable, no era apenas castigo para los samuráis más xenófogos.

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El Cónsul general británico pidió al Gobierno japonés prohibir el seppuku como medida del poder judicial, y el 8 de abril de ese mismo año se publicó un decreto imperial bajo el cual «cualquier samurai que matase a un extranjero sería despojado de su rango y sometido al castigo adecuado«. Esto se traduciría en que incluso si es un samuráis el que mata al extranjero, el seppuku «obligatorio» estaría fuera de su alcance. Esa medida resultó, de hecho, un elemento de disuasión eficaz para los samuráis con ansia de sangre.

Tan solo hubo un único incidente, en 1870, cuando una batalla entre dos facciones samuráis rivales, que finalizó en un último seppuku por vía judicial, pero por lo demás la práctica había muerto en los tribunales.

 

Este texto es una traducción y adaptación del original visto en Rocket News 24

Fuente original: «Seppuku: Una historia de Samurai Suicidio» de Andrew Rankin