Este mes de agosto hemos sido testigos del setenta aniversario de un suceso que siempre permanecerá en el recuerdo de todos. Hablamos de las bombas atómicas que asolaron Hiroshima y Nagasaki.

Hiroshima y Nagasaki

Durante este mes de agosto que toca a su fin se han cumplido 70 años de uno de los hechos más trágicos de la historia de la humanidad. Siete décadas que han dado para mucho, desde rellenar hojas y especiales de la prensa escrita y de los telediarios hasta para pensar sobre lo atroz e inhumana que puede llegar a ser la inteligencia de los hombres. Una inteligencia destructiva que vio uno de sus máximos exponentes mediante la creación de armas capaces de destruir todo el significado de una vida, de un pueblo, de un país, en tan sólo una fracción de segundo. Pero de poco sirve lamentarse ahora de lo que ocurrió hace tantos años, aunque no por ello dicho suceso debe caer en el olvido.

Todo comenzó en 1937, año en el que Japón, queriendo hacer gala de una supuesta supremacía y liderazgo tanto político como militar y económico, emprendió una guerra que le enfrentó no solo a sus vecinos de continente (China y Rusia, entre otros), sino también a la principal potencia mundial del momento: Estados Unidos. Así, tras varios años de luchas en las que era difícil saber qué país llevaba la delantera (aunque los nipones contaban con más batallas ganadas en su haber), el 7 de diciembre de 1941 tuvo lugar un ataque por sorpresa que cambiaría por completo la historia del país del sol naciente: el ataque a la base naval de Estados Unidos en Pearl Harbour. Dicha encerrona se saldó con un total de 2.403 soldados estadounidenses muertos, más de 1.178 heridos y una promesa por parte del presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt, de saldar cuentas con el país asiático. Casi cuatro años después, el nuevo presidente estadounidense, Harry S. Truman, decidió que había llegado el momento de finalizar una guerra que, en su opinión, se había alargado demasiado. Así, el 6 de agosto de 1945 “Little Boy”, nombre con el que se conoció a la primera bomba atómica, cayó sobre la ciudad de Hiroshima, arrasándola hasta los cimientos. Tan sólo tres días después, el 9 de agosto, “Fat Man”, la segunda de las cabezas nucleares, hacía lo mismo en el territorio de Nagasaki. A pesar del inmenso daño tanto material como personal sufrido por Japón, el país asiático aún necesitó unos cuantos días para anunciar su rendición en una guerra que, en ese momento veía, le había salido demasiado cara. Dichos ataques se tradujeron en un total de 246.000 muertes tanto por el impacto de los misiles como por la radiación. 246.000 vidas arrebatadas, pero muchas más vidas destruidas, pues los familiares de los fallecidos y los supervivientes nunca llegaron a poder recuperar sus vidas tal y como las habían conocido hasta el momento.

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Ahora, con motivo del 70 aniversario, tanto el primer ministro japonés, Shinzo Abe, como políticos y líderes de opinión mundiales, entre los que se encuentran el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, o el Papa Francisco, han aprovechado la ocasión para lanzar mensajes de paz, de recuerdo y, sobre todo, de un futuro mejor en el que no existan las armas nucleares. Mensajes que, si bien suenan muy bonitos en boca de líderes capaces de movilizar a las masas, carecen por completo del sentido cuando echas un vistazo a las noticias y te das cuenta de la realidad en la que vivimos.

Pero, ¿qué conclusión sacamos de todo ello? Porque, a  pesar de todo el daño causado con semejante acto para poner un fin brutal e irreversible a la guerra, las consecuencias fueron mucho mayores y llegaron mucho más allá de lo esperado. ¿Acaso los dirigentes políticos han aprendido una lección del pasado? Veamos.

En primer lugar, a día de hoy existen nueve países que poseen bombas nucleares más potentes que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki (el 93% de esas bombas están en manos de Estados Unidos y Rusia). En el caso de Japón, éste firmó el Tratado de No Proliferación de Armamento Nuclear en diciembre de 1967, adoptando los «Tres Principios No Nucleares», es decir, la no construcción, posesión o permiso de tránsito por suelo japonés de armas nucleares. No obstante, a pesar de que Japón no tienen armamento nuclear, se estima que sí tiene a su alcance la tecnología, los materiales y el capital suficientes como para producir armas nucleares en menos de un año, lo que le convierte en un país nuclear «de facto» (o «poseedor virtual»).

En segundo lugar, y a pesar de la oposición de gran parte de la sociedad nipona, Shinzo Abe se mantiene firme en la expansión de su plan económico. Un plan basado en la autosuficiencia que pasa por la reapertura de centrales nucleares en las que enriquecer uranio. El enriquecimiento de uranio está permitido para uso civil como, por ejemplo, la creación de energía. Pero cuando se sobrepasan unos límites, dicho elemento pasa a tener un componente que lo convierte en un arma nuclear. Y Japón ya conoce de sobra qué sucede cuando una catástrofe natural, imposible de predecir, genera daños estructurales en una central nuclear, con el consiguiente daño a la población y a la propia vida del país.

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Por último, pero no menos importante, cabe recordar que tan sólo en 2014 la Cruz Roja de Japón atendió a 10.687 afectados por la radiación quienes, con el paso de los años, han experimentado diversas enfermedades, principalmente cáncer, que han mermado tanto su calidad como su esperanza de vida. El propio presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, Peter Maurer, señalaba que “incluso después de tantas décadas, seguimos viendo el catastrófico impacto que el empleo de armas nucleares en esas dos ciudades ha tenido en la salud de la población». Y añadía «¿Qué argumento más contundente se necesitaría para promover la total eliminación de las armas nucleares, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de las bombas que hoy se encuentran en los arsenales de los estados que poseen armas nucleares son más potentes y destructivas?».

Así pues, ¿de qué sirven las buenas intenciones vertidas en todos los mensajes de los líderes mundiales en el aniversario de los ataques a Hiroshima y Nagasaki? Desde los discursos de Shinzo Abe (quien fue fuertemente recriminado por un sector de la población nipona que se opone al uso de la energía nuclear), hasta la solicitud lanzada por el Papa Francisco para la consecución de un mundo sin armas nucleares, distintos líderes de opinión se han sumado a un llamamiento que, tristemente, está muy lejos de la realidad. Una petición e intenciones que sólo se ven plasmadas en discursos concedidos en un día señalado pero que, después, se pierden en el olvido, ya que las acciones de cada país hablan por sí solas. Palabras que se lleva el viento, a pesar de que los hechos reales, las acciones humanas, permanecen en el tiempo, mostrando poco a poco sus nefastas consecuencias. Ahora sólo cabe preguntarse cuánto queda para que el mundo sea testigo de un nuevo ataque como el vivido en diciembre de 1945 en los territorios de Hiroshima y Nagasaki. Porque cuando se trata de ganar una guerra, lo único que parece importar es demostrar quién está por encima, sin valorar todo lo que se pierde en el proceso e incluso después.

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