Kickle Cubicle retromania

En los juegos formados por un único escenario es el mismo protagonista quien avanza desde el principio hasta el final. En aquellos compuestos por niveles independientes la cosa cambia. Al principio de cada uno de ellos podemos encontrarnos al personaje parado, aparecido de la nada. O también transportado por algún vehículo, generalmente aéreo.

Esta especie de teletransporte da un pequeño descanso al jugador, pero renuncia a cualquier tipo de lógica. Viajar en algún vehículo tampoco soluciona las cosas. ¿Por qué ese vehículo no nos lleva directamente hasta el gran jefe final? ¿Quién lo maneja? ¿Por qué no puede utilizarse para aplastar enemigos? Tal vez, sacando provecho a ese vehículo no existiría el juego como tal más allá de una aventura de dos minutos, pero bien podrían, al menos, avanzar un poco más rápido.

Esta reflexión lleva a Kickle Cubicle, un juego de lógica en el que su protagonista aparece colgado de un globo rojo y, una vez completado un nivel, se marcha en el mismo globo hasta el siguiente. Estos viajes generan mucha lentitud, sobre todo los despegues y los aterrizajes, y hacen perder mucho tiempo. Y, ya que estamos con los enfados. ¿Qué demonios es el protagonista?

 

Unas manos a prueba de congelación

En algunos títulos retro (y no tan retro) cuesta trabajo saber qué es el protagonista. Si no viéramos la portada de Kickle Cubicle podríamos decir que este es un rechoncho muñeco de nieve, un bebé calvo con unos cascos o un oso polar sin orejas y con carita triste. Pero resulta que es un niño de color carne en la portada y blanco en el juego, ataviado con unas orejeras y con un peto de lo más fresco, ideal para las temperaturas bajo cero de la nieve.

Kickle Cubicle juego

Llegados a este punto, tal vez os preguntéis por qué una está tan criticona un lunes por la mañana o qué hacemos dedicando un Retromanía a un juego que parece tener solo aspectos negativos. Pues bien, tras añadir que es fácil en sus primeros niveles y un poco monótono, podemos decir que es uno de los juegos clave en el género de puzles de la consola NES. ¡Aunque ahora me cueste el doble convenceros de que existen varios puntos que lo prueban!

Kickle Cubicle vio la luz en 1990 de la mano de Irem. La misión del jugador era liberar al Reino de Fantasía del mal y, para ello, se ponía en la piel del niño con las mejores manos del mundo. No es para menos, ya que no paró de jugar con el hielo y de lanzar bloques en todo el juego. Y se trata de una aventura larga… Pues bien, el protagonista recorrería todos los niveles de cuatro escenarios: Garden Land, Fruit Land, Cake Land y Toy Land. Una vez completado un nivel, empezaría el siguiente y, tras terminar el último de un escenario, daría comienzo la batalla contra un jefe final.

De esta forma, se intercalaba la resolución de puzles con la habilidad para vencer a los jefes. El objetivo de cada uno de ellos era recoger los tesoros esparcidos por la pantalla. Dado que no se podía acceder a todo el terreno, el protagonista tendría que congelar a los enemigos y, una vez convertidos en bloques de hielo, empujarlos para ir creando nuevos caminos. Con ello, lo ideal era dedicar unos segundos antes de cada uno y planear una estrategia en base a la lógica. Por desgracia, los enemigos podían echar todo por tierra, ya que un simple toque quitaría una vida al protagonista. Y había algunos más que pesados. Bombas y bolas de pinchos incluidas.

 

La mejor recompensa final de la historia

Los enemigos pasan por pollos piratas, topos con sombrero, magos con aspecto de payasos, tortugas, hombres con gafas de sol y afán de escupir… Una de las peculiaridades de Kickle Cubicle es que, por si no teníamos suficiente con aguantar al pesado de turno durante los numerosos niveles de un escenario, le teníamos que volver a la cara en una batalla. Solo que su tamaño había aumentado, como buen jefe final, y lanzaba objetos que se dividían. Así, teníamos un pollo pirata, un payaso, una tortuga y un muñeco de nieve de tamaño gigante. A Kickle no le quedaba otra opción que seguir empujando estos objetos para darles varios golpes, tras lo cual perdían la vida y evitar que uno le rozase. Cada uno tenía prisionero a una princesa, que informaría de que aún quedaban más reinos por liberar.

Kickle Cubicle NES

Estos se diferenciaban unos de otros en sus colores y en la utilidad que se le podía dar a sus enemigos y obstáculos, pero sobre todo en su dificultad, que iba creciendo a pasos de gigante. Por ello, si conseguía completar todos los niveles y vencer al último jefe final, Kickle tendría la mejor recompensa de la historia. La última princesa rescatada le tenía planeado un paseo por palacio y una reunión con el mismo rey, que le daría las gracias por haber salvado su reino (aunque dado su enorme tamaño nada le habría costado a él hacerlo). Tras esto, la princesa le premiaría con el clásico beso y más tarde se casarían, convirtiendo al niño en el príncipe de aquel lugar. ¿Se pondría tan extremadamente gordo en su papel de futuro rey como su predecesor?

Esta recompensa está muy bien, ya que un esfuerzo en un momento determinado le llevó a heredar todo un reino, pero el jugador, sentado en su sofá sin princesa y sin palacio, también merecía algo. Así, tras los agradecimientos comenzó un ‘Special Game’. Es decir, disponíamos de 30 niveles nuevos, ya fuera de la historia, con los que seguir demostrando nuestro dominio con los puzles.

Tener un juego más largo es el sueño de muchos jugadores ante una aventura adictiva y de calidad, sobre todo en un mundo en el que los desarrolladores se han vuelto algo tacaños a la hora de añadir contenido extra gratuito. Su larga duración, su combinación de puzles, plataformas y acción, el cariño hacia su protagonista, las pequeñas historias de fantasía entre cada escenario y su encantadora música retro hicieron de Kickle Cubicle un juego que perduraría para siempre en la mente de muchos jugadores. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!