Desempolvamos las guías de Tallon4 para conocer un lugar que, pese a su aspecto inicial, esconde una lúgubre y macabra historia en su interior… ¡Más literalmente de lo que os podáis imaginar! Hoy viajamos hasta Kioto, la antigua capital de Japón, para visitar el monumento Mimizuka, mal llamado el “montículo de las orejas cortadas” por su traducción literal del japonés (mimi significa oreja), pero que en realidad es el montículo de las narices cortadas ¿Queréis conocer un poco más sobre este lugar? Pues comencemos con nuestra guía negra.

Como llegar hasta Mimizuka

Llegar hasta el monumento de las narices cortadas es fácil desde la estación de Shichijo de la línea “Keihan Main Line” del metro de Kioto, pues está a tan solo un par de manzanas. Si visitáis el templo Toyokuni o el Hôkô-ji (ambos situados al lado del Museo Nacional de Kioto), podéis ir hasta el monumento saliendo por la puerta principal y caminando una manzana recto, en bajada. También es posible llegar andando desde la parada de Kyoto del Shinkansen, que es como lo hicimos nosotros. Tardas aproximadamente 20 minutos a pie, pero en tu recorrido cruzarás el río y te encontrarás con multitud de templos y altares interesantes.

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Historia del Mimizuka

Aunque literalmente Mimizuka se traduce como “montículo de las orejas”, lo cierto es que es un monumento alzado en honor a las narices cortadas a los coreanos en la guerra de Corea (desde el 1592 al 1598). Tiene forma de montículo porque en realidad más de 38.000 narices encurtidas coreanas reposan en su interior ¿Cóoomoooo? Cierto es. Y después de este apoteósico comienzo retrocedamos para conocer un poco mejor una historia que muchos japoneses ignoran.

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Rondaba el año 1590, en Japón el daimio Hideyoshi  Toyotomi había unificado Japón bajo su mandato, terminando así con un periodo de guerras y agitación interna en el país. Por fin parecía que sus habitantes podían respirar tranquilos. Según podemos concluir de las crónicas de la época, Hideyoshi era un gran estratega y después de apoderarse de todos los subfeudos en los que estaba dividido Japón se dispuso a ampliar su poder y conquistar otras tierras. Quizás, el hecho de tener a un buen puñado de samuráis sedientos de sangre y faltos de guerras también ayudó al afán conquistador de Hideyoshi, que lo que menos quería era que los aburridos guerreros dejaran de serle fieles y se girasen en su contra.

El daimio pensó en China como su gran trofeo a conquistar, pero antes tenía que pasar por Corea. Al pedir permiso de paso se le denegó, puesto que los coreanos bien sabían sus intenciones bélicas. Eso provocó el inicio de la guerra contra Corea, con dos intentos de invasión, ambos fallidos, pero que dejaron una sangrienta huella en la historia. Tan intensa, sangrienta y cruel fue la guerra que aún en la actualidad es la fuente de muchas rencillas entre ambos países.

 

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Pero los samuráis no trabajaban solo por honor y amor a la guerra, también tenían sus compensaciones materiales. Era costumbre que cuando un samurái vencía a un enemigo en batalla le cortase la cabeza para mostrarla a su daimio. Las “piezas” tenían que estar debidamente etiquetadas con el nombre y el rango del guerrero. De acuerdo con el número de cabezas que presentaban tras la batalla y su valor, el samurái recibía su recompensa en forma de tierras. ¿Pero que ocurre cuando el daimio está en otro país a centenares de kilómetros de distancia y con un mar de por medio? Lógicamente la cosa se complicaba, pues no existían infraestructuras para enviar al castillo de Hideyoshi tantas cabezas y en tan corto plazo como para que no se descompusieran durante el transporte. ¿Conclusión? Enviar algo más pequeño y manejable, que pudiera conservarse de alguna forma durante más tiempo.

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Y es así como los samuráis japoneses comenzaron a cortar las narices de sus contrincantes coreanos, mucho más pequeñas y manejables. Las etiquetaban, las ponían en conserva y eran enviadas por barco en bidones a Japón, también acompañadas por algunas orejas. Pero llegó un momento en que los guerreros se corrompieron, y su sed de poder hizo que comenzaran a matar también a niños, mujeres y ancianos, campesinos en vez de guerreros, falseando el etiquetado para conseguir una mayor recompensa a su regreso. De esta forma llegó el día en que en el palacio de Hideyoshi los barriles llenos de “narices encurtidas” ya no cabían. Al daimio se le ocurrió entonces la idea de crear un monumento funerario en honor a aquellos coreanos, y de paso calmar las almas atormentadas de los dueños de la narices. Las hizo enterrar cerca del templo Toyokuni en Kioto, en una inmensa tumba que, debido a la gran cantidad de barriles apilados, quedó con forma de montículo.

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Pero el Mimizuka no es el único lugar con estas características, puesto que todas las narices no cabían en el túmulo original, Hideyoshi fue enviando pequeñas remesas de barriles a otras ciudad y pueblos cercanos, con instrucciones de que realizaran el mismo ritual con ellas que en Kioto.

El Mimizuka de Kioto es el monumento más grande, pero en la actualidad apenas recibe visitantes a excepción de algunos pocos coreanos que se acercan tímidamente hasta el lugar y algunos gaijins perdidos. Entre los japoneses no es muy conocido, no es una historia que suelan aprender en la escuela y los mayores prefieren mirar hacia otro lugar cuando se les pregunta, pues no es algo de lo que se sientan orgullosos. Los turistas extranjeros tampoco conocen de su existencia, pese a estar muy cerca de una ruta turística habitual, pero al no aparecer en las guías convencionales queda en el olvido. No es un lugar decorado de forma tradicional, tampoco tiene grandes pórticos o bonitos adornos, como podéis ver en las fotografías. No es más que un montículo cubierto de hierba con una pequeña estatua en lo alto, unas diminutas estatuillas de bronce a sus pies y una escueta leyenda que cuenta, a grandes rasgos, el origen de la construcción. Pero el atractivo del lugar va mucho más allá de lo aquello que se puede ver. Es un atractivo que reside en su curiosa y macabra historia, que no debería de ser olvidada, no sea que las almas atormentadas de los muertos que moran en su interior entren en cólera…

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