El jorobado de notre dame

Podemos sentirnos afortunados porque, hoy en día, todos los juegos permiten abandonar la partida sin necesidad de apagar la consola o el ordenador (y pobre del que no lo permita). Pero hubo una vez, en un tiempo muy muy lejano, en que, en caso de cansarnos de una determinada modalidad, no se podía cambiar a otra si no era mediante el botón ‘Off’. No es porque no existiera el preciado botón de ‘Start’, sino porque este ya tenía la importante y exclusiva función de poner en marcha la pausa.

¿Y cómo abandonábamos la partida? En estos casos, que no eran pocos, la solución estaba en apagar la consola o en suicidarse. Esta segunda, a priori, parecía la más rápida. Sin embargo, quienes la hayan empleado tal vez estén de acuerdo en que no hay nada más difícil en esta vida que morir en un videojuego a propósito. El universo entero parece conspirar para que los enemigos se den media vuelta o nos esquiven, frente al resto de veces, en las que parece que sus vidas dependen de la nuestra.

Es por esto que millones de niños y adolescentes desgastamos el botón de encendido/apagado. Culpa de ello lo tienen títulos como The Hunchback of Notre Dame, también conocido como el juego de El Jorobado de Notre Dame Topsy Turvy Games. No era el único basado en la popular película de Disney, por lo que podemos referirnos a él como “el de los cinco minijuegos”.

 

Un trágico final tras cada minijuego

El Jorobado de Notre Dame: Topsy Turvy Games, título desarrollado por Disney Interactive, formó parte del catálogo de Game Boy desde 1996. Formado por cinco minijuegos, el jugador se sumergía en uno de los festivales más divertidos y coloridos (metafóricamente dado el blanco y negro de la consola) de la historia.

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Éste podía seleccionar cualquiera de ellos y aguantar el mayor tiempo posible con él para lograr una buena marca. Su duración podía llegar a ser infinita por lo que o decidíamos que ya era hora de morir en un momento determinado, preferiblemente habiendo conseguido una contraseña, o apagábamos la maquinita para, acto seguido, encenderla y probar suerte en otro evento. Ahora bien, ¿cuáles eran estos minijuegos? Antes de nada, es importante recordar que el querido Quasimodo poco o nada hace su apación en ellos.

Bajo el nombre de Chiseler, encontrábamos el clásico Breakout. Sin embargo, en esta ocasión, la plataforma movediza estaba en la parte superior de la pantalla y los bloques por destruir en la inferior. Las bolas aumentaban su velocidad con el paso de los segundos y podíamos destrozar grandes vasijas que rompían los bloques de alrededor. Al final de cada nivel, los generosos creadores nos premiaban con una bonita imagen de la película y a por otro nuevo. El segundo de la lista recibía el nombre de Djali Bowling.

Aquellos que hayan disfrutado de la historia, sabrán que Djali es la cabra de Esmeralda. Y no es que el animalejo fuese el juez o se encargase de colocar los bolos. Mucho peor: era la misma bola. Este minijuego sirvió para que comprendiésemos cómo funcionaba la puntuación en los bolos, para conocer lo que era un pleno y para averiguar que una cabra puede rodar como nadie. No sabemos si sufriría algún esguince de cuerno o a dónde iría a parar tras derribar los bolos, pero “la pelota” volvía a aparecer para que el jugador decidiese su dirección y su velocidad.

Catch the Fool era el tercer minijuego y, casi con toda probabilidad, uno de los más entretenidos. El jugador se convertía en un hombrecillo con una cama elástica en mano. ¿El objetivo? Conseguir que los valientes saltadores volviesen al balcón del que habían salido sanos y salvos. Para superar el primer nivel era necesario que diez de ellos sobreviviesen, once en el segundo y así sucesivamente. También hacían su aparición objetos como relojes, flechas o, por desgracia, paralizadores.

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Lo mejor es que todos confiaban en nuestra capacidad de atención, ya que no solo se tiraban sin avisar, sino de cabeza. Para colmo, cuando aumentaba la velocidad no miraban si alguno de sus vecinos también había saltado al mismo tiempo. La causa de su despreocupación era que un golpe desde las alturas solo les causaba un simple picor en la cabeza. Y a seguir corriendo. En Upsy Daisy las cosas eran muy distintas.

Tras seleccionar el aspecto del jugador, llegábamos hasta las alturas. Y mucho mayores que las vistas desde el balcón anterior. Cara a cara con un rival, nos encontrábamos en el aire, colgando por tres simples globos y con peligrosos pájaros volando alrededor. Nuestra misión era intentar que el rival no explotase los globos y, ya de paso, conseguir pinchar los suyos para que cayese al suelo. Esta particular versión de otro clásico traía un bonito complemento: unas privilegiadas vistas a la catedral de Notre Dame.

Por último, el quinto minijuego llevaba por título Picture Puzzle. Como su propio nombre indicaba, estábamos ante el reto de juntar piezas para crear una imagen, ya fuera de Frollo, de Esmeralda o del bufón. Pulsando el botón A teníamos a nuestra disposición la imagen original a modo de guía. Sin embargo, se trataba de uno de esos puzles que solo permiten mover piezas de una en una y con un solo hueco libre. Exacto, de esos que obligan a deshacerlo entero para colocar esa última pieza.

Así, vemos como todos ya existían solo que, en esta ocasión, se personalizaron siguiendo la estética y los personajes de Disney. Y dándoles un toque trágico. Se trató de un juego infantil, pero no se puede esconder el maltrato hacia la pobre cabra, la injusta elección al salvar a uno de los saltadores y dejar “morir” a otro o la competición por dejar caer a un compañero desde la altura de Notre Dame. Sí, tal vez sin estos puntazos el juego no hubiera sido el mismo, pero consiguió que el sueño de muchos jugadores durante años fuera convertirse en el hombre de la colchoneta. Y tal aún se mantenga…

 

Una versión en color, el mayor descubrimiento de la historia

El Jorobado de Notre Dame Topsy Turvy Games no contó con un modo historia ni con una aventura como tal. Solo ofrecía los cinco minijuegos, por lo que, más que un videojuego en sí, se convertía en una de esas apuestas ideales para disfrutar en pequeños ratos libres. Cuando sabíamos que ya casi estaba la comida y no había quien fuese capaz de decirle a mamá que esperase, que aún no se podía guardar la partida. En ese momento en el que no venía mal un poco de juego libre. De camino al pueblo.

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Todos los minijuegos estaban acompañados de una banda sonora de lujo y de unos gráficos aceptables. Tenía mérito que sus creadores nos dieran la posibilidad de poder reconocer a los personajes que aparecían en ellos, algo que era de agradecer, pero a un festival como éste poco le favorecían los tonos grises de Game Boy. Para muchos de nosotros no existía el color, así que no había nada que hacer más allá de conformarse. Pero un momento… ¡si existía una versión en color!

Sí, talonianos. Probablemente ya lo sabríais o quizás fuisteis de los afortunados que disfrutaron de esa versión para PC. Pero no todos hemos tenido esa suerte y hay algunos que lo descubrimos la semana pasada, es decir, casi 20 años después. Sí, la vida es así de dura porque El Jorobado de Notre Dame Topsy Turvy Games contó con los mismos minijuegos, pero a todo color. Y eso era otro mundo. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!