No hace falta ser un fan incondicional de Popeye para saber que era un hombre hipermusculoso (a su manera), adicto a las espinacas, con un único ojo. Tampoco para conocer que era marinero, aunque solo fuese por su famosa canción, y que tenía una novia llamada Olivia. Así, no se hizo necesario conocer toda su historia para disfrutar del primero videojuego de Popeye.

Es más, debido a que hizo su aparición en 1982, tal vez se convirtió en la manera en la que muchos jugadores empezasen a disfrutar de sus aventuras, ya fuese a través de los dibujos animados o de las tiras cómicas. Sin embargo, quizás sirvió como un pequeño complemento más a los ya seguidores de Popeye o para alejar, de por vida, a quienes lo jugasen. ¿Tan malo era?

 

Un reto ¿intenso?

Hay una regla importantísima a la hora de apostar por un videojuego. No hay que fiarse de aquéllos que cuentan con varios niveles de dificultad. Está muy bien que el mismo jugador pueda elegir si quiere un reto más fácil o más complicado, pero esto es señal de que la aventura no es muy larga. Es por ello que, en estos casos, los desarrolladores lo justifican diciendo que, una vez completado, se puede jugar con aún más dificultad y que la rejugabilidad es, así, uno de sus puntos a favor.

Pues bien, Popeye tuvo dos niveles de dificultad para su modo individual y dos para las partidas con dos jugadores. Y antes de que comencéis a realizar cuentas, os lo desvelamos: puede completarse en cinco minutos. O si apuramos, en diez. Y si cogemos a alguien que no ha jugado nunca a un videojuego o que no es asiduo a ellos, tal vez lo complete en quince. Nuestro perro lo haría en veinte.

Popeye

Es por ello que la reacción más habitual de los jugadores tras completarlo sea un “¿Ya está?” o un “Tiene que haber algo más, algún mundo secreto”. Pero no, no había absolutamente nada más. El menú de inicio saltaba de nuevo para recordarnos que podíamos jugarlo con mayor dificultad. Quizás así desbloquearíamos algo más. La velocidad del principal enemigo, así como de los objetos a recolectar había aumentado considerablemente, pero en pocos minutos sería completado de nuevo. Ni extras, ni novedades. ¿Cómo era posible?

La explicación era sencilla. Popeye solo estaba compuesto por tres niveles. Así, podemos considerarlo un reto intenso. Y, respondiendo a la pregunta anterior, no es que el juego fuese malo, sino que era excesivamente corto. A partir de ahora, cada vez que encontremos un juego en Steam de dos horas de duración, convendría acordarnos de nuestro querido señor de las espinacas.

 

Corazones, notas musicales y letras

La fórmula del videojuego de Popeye podría haber sido adictiva. El jugador se ponía en la piel del protagonista y en un pequeño escenario, que variaba de un nivel a otro (demos gracias, al menos), tenía que coger al vuelo los objetos lanzados por su novia Olivia. En el primero eran corazones, en el segundo notas musicales y en el tercero letras que conformaban la palabra ‘Help’.

En los dos primeros casos, aparecía un gráfico que indicaba cuántos corazones y cuántas notas habíamos cogido y cuántos quedaban por recolectar. Una vez rellenados todos los huecos, el nivel quedaba completo. En el tercero, las letras iban creando una escalera, que debía llegar desde la parte inferior del barco hasta la superior, para reunirse con Olivia. Los objetos no recogidos quedaban en el mar durante unos segundos, lo que daba un margen de tiempo para hacerse con ellos. Sin embargo, no solo contó con tres únicos niveles sino que, además, nos quedamos sin escena final amorosa.

Para dificultar la tarea, cada escenario contaba con la presencia de Brutus, antagonista del juego. Este personaje se movía de un lado a otro, caía, subía escaleras, utilizaba trampolines y se empeñaba en perseguir a Popeye para quitarle vidas. En resumen, su tarea consistía en molestar. Podíamos comer espinacas para tener más fuerza y tirarle al agua a base de puñetazos, pero nunca acabaríamos con él. Eso sí, ganaríamos tiempo para seguir reuniendo corazones, notas musicales y letras.

Popeye NES

Brutus podría considerarse el alma del juego, ya que, sin él, completarlo hubiese sido una tarea aún más corta. Obligaba a cambiar la ruta planeada, a dejar pasar los objetos lanzados por Olivia y siempre resultaba hasta divertido tratar de darle con una especie de globo en la cabeza y detener el tiempo para que se quedase paralizado durante unos segundos. Aunque solo fuera para disfrutar del poder.

Mientras que los dos primeros escenarios estaban ubicados en casas distintas en las que jugar con las escaleras, el tercero tenía lugar en el barco, con buitre de por medio. Entre su estética pixelada y repleta de colorido, podíamos descubrir varios detalles, como que a Brutus le diese tiempo a cambiar de color de camiseta o que el bebé Cocoliso también estuviese volando por ahí, dispuesto a darnos puntos. La Bruja del Mar y los martillazos lanzados por Brutus darían algo de emoción a la experiencia.

Popeye, cuya versión más popular fue la aparecida en la consola NES, fue el primero de los videojuegos de la serie. Popeye: Rush for Spinach continuaría su legado aunque, por el camino, encontramos un pinball y un juego de voleibol protagonizados por él, aunque exclusivos para territorio japonés. Volviendo a este primer título, su jugabilidad era muy parecida a muchos juegos de la década de los noventa.

Así pues, cumplía con los requisitos para ser recordado como algo grande: una adorable música, unos buenos gráficos y una jugabilidad basada en completar un nivel tras otro mediante el ingenio y la habilidad. Para colmo, contaba con un sistema de puntos, algo muy popular en la época. Recoger objetos daba puntos, pero también golpear a Brutus. Una buena fórmula para alargar el juego era tratar de conseguir más puntos en cada intento. No coger todos los corazones hasta tener una gran cantidad de puntos a base de golpear al enemigo podía ser una buena opción, más como solución a su corta duración que como diversión. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!