Ya hemos comprobado, en varias ocasiones, como a los desarrolladores les encanta reciclar personajes. Lo vimos en Adventures of Lolo, clásico por niveles en el que su adorable protagonista hacía todo lo necesario por rescatar a su también encantadora novia. Ambos no solo pasaron a formar parte del elenco de personajes de la saga Kirby, sino que se convirtieron en esbirros del rey Dedede, con la misión de quitar la vida a Kirby.

También fue el caso del mismísimo Mario, que antes de ganarse la vida como fontanero, lo hizo como árbitro en Tennis, en el año 1983. Éste se pasó todo el juego sentado cómodamente en su silla, quizás preparándose para todo lo que se le vendría encima. Pero estas cosas no solo pasan en el universo Nintendo.

Sega también hizo lo propio con su pájaro Flicky. Tras debutar en el juego que lleva su nombre, y que hoy nos ocupa, pasó a formar parte de la saga Sonic. Eso sí, lo hizo del lado de los buenos, convirtiéndose en uno de los más fieles compañeros de su protagonista. Años antes, también prestaría su imagen a los juegos Teddy Boy Blues, SDI, Flash Point o Super Monaco GP. No estaba dispuesto a caer en el olvido y todo era válido. Hasta aparecer, únicamente, como dibujo en el cartel de meta de un circuito.

 

Unos inocentes pajarillos…

Quizás para muchos jugadores, Flicky sea el inseparable amigo del erizo azul. Pero no hay que olvidar que tuvo juego propio. Flicky apareció en 1984 y vio la luz en las consolas de Sega. Se trataba de un arcade por niveles en el que el pájaro (o más bien el pájaro hembra por aquel entonces) haría todo lo posible por rescatar a sus crías. Incluso no dudaría en enfrentarse a gatos con apariencia de tigre ni a iguanas.

Flicky Sega

Nada más iniciar el juego, se nos presentaba a todos sus personajes, más por una cuestión de cortesía que de guiar al jugador, puesto que solo serían cuatro. Así, a lo largo de todos sus niveles, que no eran pocos, manejaríamos a la madre, que tendría que recoger a todos sus inocentes pajarillos. Iggy, una pequeña y rápida iguana y Tiger, un sonriente gatito, serían los enemigos de la aventura.

Flicky tuvo una misma estructura y un mismo objetivo a lo largo de todo el juego. Sin embargo, recurrió al aumento del nivel de dificultad para huir de la monotonía. El jugador siempre tendría que salvar a todos los pájaros amarillos. Para ello, podía saltar, volar, moverse hacia los lados y sujetar objetos para después lanzarlos contra los enemigos. Ésta era la única manera de acabar con ellos, aunque nunca tendríamos un nivel sin animales incordio. En todas las ocasiones volvían a aparecer.

Los escenarios del juego pasaban por casas, guarderías, laberintos o el mismo espacio y volvían a repetirse unos niveles después. Aunque cada vez estarían más plagados de animales. Así, había dos opciones. Recoger a todos los pajarillos lo antes posibles y acudir con todos ellos a la puerta señalada con el cartel de ‘Salida’ evitando enemigos o acabar con todos los que se cruzasen por el camino para entrar después por la puerta.

 

¡Todo un dilema!

Como clásico arcade, el objetivo no solo era superar todos los niveles del juego, tras lo que, por cierto, recibiríamos unos preciados halagos. La misión del jugador sería conseguir la mayor puntuación posible para que, si decidía volver a jugarlo, tuviera un motivo más para hacerlo. Los puntos llegaban por cada pájaro rescatado, pero también por cada gato o iguana derrotado. Por contra, la puntuación era mayor si completábamos el nivel en el menor tiempo posible. ¡Todo un dilema!

Flicky

¿Ir a por los enemigos o correr a por los pajarillos sin distracciones? Por si acaso tomábamos la decisión equivocada, Flicky estaba compuesto por numerosos niveles bonus, repletos de puntos por conseguir. En ellos, los gatos montaban en trampolín mientras las crías volaban por los aires. Con una cesta en las manos, la madre tendría que atrapar a todos los posibles. Los primeros resultaban sencillos, pero en los últimos había pájaros amarillos volando en todas las direcciones.

Al igual que los escenarios variaban en su justa medida, incluidas las pegatinas de las paredes, también lo hacían los objetos a lanzar. Éstos pasaban por martillos, tazas, paquetes de regalos, cafeteras de varios modelos, macetas con flores, manzanas y botellas. Lo que nunca cambiaron fueron las jaulas en las que aparecían los gatitos.

Cada vez que uno de ellos era golpeado daba vueltas sobre sí mismo hasta que desaparecía. Al poco, una de las jaulas comenzaba a tener algo dentro y se abría para recibir a un nuevo gato. O, tal vez, no fuese uno nuevo sino el mismo (lo que tal vez a muchos nos gusta pensar) dado que una muerte sin más hubiese sido demasiado cruel. Mientras tanto, las iguanas, fiel al estilo Metapod, iban a lo suyo mientras recorrían todas las paredes a gran velocidad.

Y no podíamos terminar este Retromanía sin una mención especial a las gafas de sol que solo algunos de los pequeños pájaros llevaban y que creaban una divertida escena cuando seguían a su madre. Flicky era, con todo ello, un juego de estética sencilla cuya jugabilidad, basada en el sistema de vidas, se iba complicado por momentos. Eso sí, no era un reto imposible ni mucho menos. Toda la historia se desarrollaba al ritmo de una encantadora melodía, pero con sonidos de pájaro constantes que bueno, podían llegar a tener sus secuelas irreversibles en el oído de los jugadores. ¡Hasta la próxima, talonianos!