Imaginemos que somos los responsables de un banco. Es nuestra tarea contratar trabajadores con los que captar a un buen número de clientes (sobre todo si tienen dinero) y a expertos, capaces de transformar sus ahorros en un pequeño beneficio para ellos, a modo de interés, y en una montaña de oro para nuestro bolsillo. Es importante repartir una cantidad entre medios de comunicación, políticos y entidades variadas, así como apostar por una buena comunicación.

Pero por encima de todo ello deberíamos pensar en la propia seguridad. ¿Ya estamos en nuestro cómodo sillón del despacho desde donde gestionamos sin prisa todas nuestras entidades? Pues bien. Ahora nos será más sencillo hablar de seguridad. Por norma general, hay cámaras repartidas en todos los puntos estratégicos e incluso espejos retrovisores en los cajeros (¡todo un descubrimiento!). Y, al menos en Hollywood, tenemos ese botoncito rojo silencioso, que crea una llamada de emergencia a la policía.

Con ello, sabemos que la seguridad es cara. Así, existen dos opciones ante un atraco: instalar el preciado botón rojo o contratar a guardias de seguridad. Quizás a corto plazo, la segunda resulta más económica que la primera, pero no con el paso del tiempo. Sobre todo si optamos por hacer recortes en este ámbito.

Pero, ¿a qué viene todo esto? Tiene su explicación. Allá por el año 1988, un banco del centro de la ciudad recurrió a los guardias de seguridad. O mejor dicho, al guardia. Un único y delgaducho vigilante estaría al frente de cualquier imprevisto. Lo que quizás no sabía ese responsable del cómodo sillón era que acabaría enfrentándose a un bandido con bombas ilimitadas…

 

Una práctica caja fuerte

Safe Buster vio la luz para el modelo Multi Screen de Game & Watch, en 1988. Esto es, la consola que incorporaba dos pantallas: una superior y otra inferior. Por esa época, ya habíamos visto juegos que se alejaban de los clásicos o que incorporaban una jugabilidad más compleja. Con éste, volvíamos a una mecánica clásica: recoger objetos para evitar que cayesen al suelo.

Safe Buster

Esos objetos son bombas, arrojadas por Willy Bomber, un personaje que no podía tener mejor apellido. Con rascacielos de fondo, teníamos el mismo banco. No tenía nombre, más allá de ‘Bank’, pero sí que se componía de dos pisos. En la azotea, el antagonista lanzaba bombas, con el objetivo de llegar hasta la parte inferior.

En ella, se encontraba la misma caja fuerte. Estaba cubierta por ladrillos por todas partes, por lo que es de imaginar que no sería muy práctico acceder a ella. Si se rompían con una bomba, el jugador perdía una vida, el guardia se asustaba y el ladrón descendía corriendo hasta llegar a ella. Como era habitual, sólo estaba permitido perder tres vidas.

¿Y si después de todo resultaba que sólo estaba de adorno porque nadie había podido introducir nada? Conjeturas aparte, volvamos a ese escenario. Es en el piso de abajo donde encontrábamos a nuestro protagonista, a mover con los dos únicos botones de la consola. Armado con un alargado tubo, tendría que recoger las bombas a tiempo y vaciarlo, ya fuera en el lado derecho o en el izquierdo. A poder ser en el fuego del lado izquierdo, ya que sería la manera de que las bombas regresasen hacia Willy y acabasen con su caja de explosivos.

Para realizar esta hazaña, no había que esperar demasiado tiempo entre una bomba y otra. En caso de lograrlo, el jugador obtendría veinte puntos adicionales. La principal dificultad y el caos llegarían al tratar de avivar esa llama aliada y por la escasa capacidad del tubo portabombas, tan limitado como en Oil Panic.

Safe Buster game and watch

Sólo cabían tres bombas, por lo que el dilema entre vaciarlo ya o apurar a una tercera bomba, a riesgo de que apareciese junto a una cuarta, era constante. ¿Pero para qué hacer un viaje de más? Ya bastante tenía el guardia con ser el único contratado por el banco. ¡Y seguro que no cobraba un plus por peligrosidad!

 

¿Por qué está cerrada la esquina izquierda?

Safe Buster, al igual que la mayor parte de sus compañeros, contó con una modalidad B que aumentaba el nivel de dificultad. El objetivo era el mismo que en la A, y también la jugabilidad. Con ello, la diferencia estaba en un una base, que cerraba la salida de las bombas de la parte izquierda. Tal y como se explicaba en su manual de instrucciones, ésta sólo permanecía abierta cinco segundos, para volver a cerrarse después.

No importaba lo ansioso que estuviera el protagonista, ni lo mucho que se acercase a ella. No había nada que hacer. ¿La solución? Lanzar las bombas por el lado derecho o recurrir a la suerte para que Willy no lanzase tantas bombas a la vez. La primera opción solía ser la más habitual y, aunque no contaba con esa llama capaz de alcanzar la caja de explosivos (y ganar una buena cantidad de puntos), sí que permitía, al menos, vaciar la probeta.

Con ello, no es que aumentase en gran medida la dificultad, sino que se reducía significativamente la cantidad de puntos a obtener. Este entretenido juego hizo su aparición en Game & Watch Gallery 4, pero con su versión clásica. No fue protagonizada por Mario, ni Luigi, como en otros muchos casos, a pesar de que no hubiese sido complicado recrearla.

Wario o Waluigi podrían haber sido los villanos y la lengua de Yoshi habría servido para acumular hasta tres bombas. Aunque eso hubiese significado renunciar a los tubos, la clave, directa o indirectamente, de buena parte de los títulos de Nintendo. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!