Un simpático cocinero se dispone a abrir su restaurante un día más. Algo parece caer del cielo a toda velocidad. Una manzana. Y justo en su cabeza. Una naranja, un plátano y un racimo de uvas frenan su tarea. Un objeto pesado le hace caer al suelo, a la par que una tormenta amenaza con estropear, aún más, el fatídico día.

Como si de Mary Poppins se tratase, entra en escena un cocinero de piel morada. Su paraguas va a juego con su rostro y con el verde de su vestimenta. Dice llamarse Ohdove (lo primero en esta vida es presentarse) para, después, explicar que ha tomado “prestado” el restaurante de nuestro protagonista. Como si nada.

El dueño del restaurante ya ha despertado de sus breves segundos de sueño. Sabe lo que se le viene encima por lo que, aunque el dolor por los golpes aún sea grande, no duda en comenzar su misión: recuperar el restaurante por el que tanto ha luchado a lo largo de su vida. Así es Panic Restaurant, una de las grandes joyas de NES.

 

Las patas de pollo asado andantes como grandes enemigos

Panic Restaurant fue desarrollado por Taito, viendo la luz en 1992. Lo hizo para la memorable consola NES, convirtiéndose en un juego de plataformas que marcaría para siempre a muchos jugadores. No es para menos, ya que aplica a la perfección todas las características del género.

Panic Restaurant

Como tal, incluyó escenarios tematizados, organizados en niveles, con enemigos y jefes finales. No faltaron las habilidades cambiantes para su protagonista, ni su sistema de corazones y vidas. Como era habitual en la época, lograr la paz era tan importante como conseguir la máxima puntuación y Panic Restaurant no era la excepción. Por supuesto, no rechazó al minijuego entre niveles. Pero vayamos por partes.

Al principio de la aventura ya quedaba clara su estructura. El cocinero se movería por las distintas salas de su restaurante (y escenarios tematizados). El reto comenzaba en los aperitivos para finalizar en los postres, como se indicaba en su hoja del menú. Un par de segundos después ya seríamos conscientes de que nos costaría trabajo encontrar unos enemigos tan originales en toda la vida.

Una patas de pollo asado andantes se presentarían como los primeros enemigos, dispuestos a restarnos corazones. No tardarían en llegar las zanahorias putillas, las salchichas sugerentes y los flanes con zapatos. Además de enemigos originales, Panic Restaurant podía presumir de contar con una amplia variedad. Así lo demostraron las manzanas (y sus trozos voladores), los pinchos morunos asesinos, los gelatinosos huevos fritos, los patinadores helados y las tazas a lo Cuphead.

Casi con total seguridad, causaron más risas que preocupaciones entre todos sus jugadores. Al fin y al cabo, Panic Restaurant no fue un juego extremadamente complicado. El cocinero podía enfrentarse a todos ellos haciendo uso de sus habilidades y, ya de paso, aumentando el marcador de puntos. Es en ellas donde reside uno de sus grandes atractivos.

 

Soy una taza, una tetera, una cuchara, un cucharón

El inicio de la aventura nos enseñó que no hay nada como un buen sartenazo para acabar con los seres pesados. Pronto descubriríamos que los cucharazos también serían muy útiles, sin olvidar el lanzamiento de platos de porcelana y de huevos cocidos (una rabia no haberlo podido practicar en casa).

Panic Restaurant

Los mejores ataques eran, sin lugar a dudas, el del tenedor y el del cazo. Con el primero, nos convertíamos en un tenedor gigante, dispuestos a pinchar a todo lo que se pusiera debajo de nuestras púas. Con el segundo, la diversión aumentaba. El cocinero se ponía a girar con su cazo en la cabeza y, aunque no parecía nada cómodo, esa escena no tuvo desperdicio.

Estas habilidades se encontraban en forma de objeto por los escenarios, por lo que no duraríamos muchos minutos con la misma. El cambio constante, junto con esos logrados escenarios y originales enemigos, hizo que no existiera la monotonía en Panic Restaurant. Pero aún hubo más.

Como ya hemos explicado, todas las características de un juego de plataformas se aplicaron de la forma más cuidada posible. Con ello, no faltaron los obstáculos ni los objetos que nos impulsarían a seguir por nuestro camino. Los ascensores, las burbujas ardientes y las tazas voladoras serían las plataformas perfectas, mientras que los pinchos, el fuego y los ganchos propios de un matadero fueron el mayor de los problemas.

Resultaba muy común que el jugador perdiese una y otra vida al tratar de esquivarlos o al meter los pies donde no debía. Ya que sus enemigos fueron relativamente fáciles, los obstáculos supusieron un auténtico reto.

Panic Restaurant

No podemos olvidarnos de los grandes jefes finales. Al margen de ese Mary Poppins morado (que, siguiendo la esencia de estos títulos resultaba no ser tan complicado), encontrábamos surrealistas hornos voladores con sus pollos dentro, helados y hamburguesas gigantes. Excepto en ese gran jefe final, al que había que explotarle su globo, a los demás se les vencía a base de palos. Siguiendo esa gran lección de vida.

Todo juego de plataformas que se precie contiene minijuegos entre nivel y nivel. Panic Restaurant optó por una máquina tragaperras en la que gastar todas las monedas obtenidas a lo largo de la partida. A cambio, podíamos hacernos con un buen puñado de vidas.

Con todo ello, estamos ante uno de los juegos de plataformas más divertidos de toda la historia. Su cuidada jugabilidad, que recurrió a la locura como principal elemento, iba de la mano de una estética colorida, fiel al detalle.

Esta adictiva apuesta no fue excesivamente larga, pero dejó un dulce sabor de boca, sobre todo para quienes practicábamos para convertirnos en speed runners sin quererlo (por falta de presupuesto para adquirir nuevos juegos). No es para menos, ya que su cocinero era de los buenos. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!