El hada mensajera se acercó sigilosamente a la cama del niño, pero no lo suficiente como para no despertarle.

– Hola, Nemo. He venido a invitarte a Slumberland.
– ¿Qué? -gritó el joven.
– La princesa te ha elegido para ser su compañero de juegos -repuso el hada.
– ¿En serio? -preguntó sorprendido el muchacho-. Pero si es una princesa, debe ser una chica y nunca he jugado con chicas.
– No es sólo una chica, ¡es una princesa! -exclamó la mensajera.
– Sigue siendo una chica.
– De todas formas, me pidió que te diera este regalo -la criatura voladora le entregó un caramelo bien grande al niño, mientras una amplia sonrisa asomaba por su rostro.
– ¡Oh! ¡Me encantan los caramelos! Todo aquél que me de caramelos no puede ser malo… incluso aunque se trata de una chica. Bueno, me imagino que iré contigo, siempre y cuando no tenga que darle un beso jamás -dijo el niño, ya convencido.

A través del soborno más barato de la historia, el niño Nemo y la mensajera que se llamaba mensajera subieron a un dirigible, rumbo a Slumberland. Se iniciaría así una colorida aventura de fantasía para NES, con el nombre de Little Nemo The Dream Master. Ofrecida por Capcom, estaba basada en una película de animación japonesa, basada a su vez en un cómic con su mismo nombre.

 

¿El mejor atuendo para un héroe? ¡El pijama!

Esta aventura, estrenada en 1990, se conformó como un juego de plataformas en dos dimensiones. Tuvo como protagonista a Nemo, ese niño propenso a ser secuestrado (¿desde cuándo hay que aceptar caramelos de extraños?) y con una imagen distorsionada de las niñas.

A través de una divertida animación en la cual se introducía nuevamente en la cama, llegábamos hasta el Bosque Champiñón. Un contentísimo Nemo (tal vez porque podía vivir toda una aventura en pijama) iniciaría una conversación con otro simpático ser, que desvelaría la esencia del juego: lanzar caramelos a los enemigos y buscar llaves, para abrir las puertas cerradas.

Ya a sus anchas, el niño se movería por las alturas, nadaría y comenzaría a probar su puntería a la hora de disparar a enemigos. No tardaríamos en descubrir el primer y gran atractivo del juego, que nada tendría que envidiar a sus compañeros del género.

Al disparar a algunos enemigos varias veces, se quedaban dormidos. Incongruencias de la vida, su cuerpo se quedaría vacío. Si nos introducíamos en su “disfraz”, podríamos movernos con él y disfrutar de las habilidades del ya desaparecido animal (es lo que tiene que encima de un pijama podamos vestirnos con cualquier cosa). Aunque sólo por tiempo limitado.

Con ello, una combinación entre rana y dragón nos permitiría saltar más alto y acabar con los enemigos de una forma más eficaz. Por su parte, el cuerpo de un topo, que al chaval le haría parecer una lenta gallina con casco, nos pondría a excavar en la tierra. En cualquier lugar podía haber llaves, por lo que era conveniente no dejar escapar ninguna oportunidad.

Uno de los cuerpos más interesantes fue el de una especie de dinosaurio, aunque eso sí, en miniatura. Los amantes de estos animales disfrutarían de lo lindo montando sobre él y recorriendo el lugar a gran velocidad, aunque su principal ventaja era reptar por las paredes. Sobre todo cuando había que lanzarse al vacío.

 

La búsqueda de llaves

El fin de un escenario estaría marcado con una puerta y con sus cerraduras. Existían dos opciones: abrirlas todas al haber reunido todas las llaves o tener que volver hacia atrás, en busca de las que faltasen. Una buena exploración siempre nos llevaría hacia la primera opción.

“¡Despierta, Nemo! ¿Cuántas veces tengo que llamarte?”. El Bosque Champiñón daría paso a Jardín Flor, un lugar en tonos rosas y morados, en el que seguir corriendo, nadando, buscando llaves y disfrazándose.

En él, supimos lo que se sentía en el cuerpo del gorila, desde el que propinar los mejores puñetazos a las serpientes y trepar por los árboles. También las ventajas de convertirse en abeja, con su correspondiente vuelo. Pero no todo podía ser bueno. La dificultad aumentaba, ya que disparar a cuervos voladores, arañas o renacuajos no era moco de pavo.

“Nemo, ¿por qué estas fuera de la cama? Regresa a tu habitación”. Bajo el prometedor título de La Casa de los Juguetes, viajaríamos a bordo de un tren, con obstáculos que no paraban de caer por todas partes. Las vidas se hacían más necesarias que nunca, y también la habilidad para recoger las llaves a tiempo. Suerte que había más de la cuenta…

El precioso Mar de Noche, con sus ruinas de barco sumergido, sus aterradoras pirañas y su posibilidad de convertirnos en cangrejo ermitaño, dio paso a la lujosa Casa de Nemo. Este escenario, ideal para aspirantes a equilibristas, nos permitiría adquirir las habilidades de un ratón, armado con un mazo. Junto a esquivar platos, romper los muros fue un reto interesante.

Las Ruinas en las Nubes mostró una preciosa ciudad con vistas nocturnas, también basada en esquivar pesados enemigos. Como es lógico, el traje de la abeja fue fundamental. La gran dificultad de la que se caracterizó el juego empezó a ser más patente en este lugar, ya que un mal paso podría echar al traste todo el progreso. Por algo es recordado como uno de los juegos de plataformas más complicados de la época.

 

¿Sueño o pesadilla?

Un algo decepcionante, aunque también complicado Topsy-Turvy, tal vez nos hacía presagiar que el final de la larga noche estaba cerca. Por fin, conocíamos a la famosa princesa (y sí, era una chica), capaz de darnos una lección de vida en un par de segundos: toda petición tiene su interés oculto detrás. En este caso, no quería jugar con Nemo, sino que él arriesgase su vida para salvar a su padre el rey, secuestrado en el Reino de las Pesadillas.

Little Nemo The Dream Master Retromania

¿Y por qué un pobre niño que sólo dormía felizmente en su cama? ¿Acaso ella no podía intentarlo? Debates a un lado, y con el que debería haber sido el argumento que marcase el inicio de la aventura, nos poníamos manos a la obra. La princesa debilucha nos entregaría una especie de varita mágica (ya podía haberlo hecho antes), para derrotar a la malvada criatura.

El Reino de las Pesadillas, en el que ya no necesitaríamos llaves, era un lugar más o menos tenebroso, con algún que otro jefe final (un inolvidable pingüino asesino). Como es lógico, funcionaba a modo de recopilatorio de todos los escenarios anteriores, con la lucha final contra el enemigo, en forma de enorme demonio. Lanzaba de todo, por lo que vencerle volvía a ser una tarea muy complicada.

Como es lógico, el niño salvaba al rey y al reino (bla bla bla), con la oportunidad de convertirse en príncipe y con beso en la frente. Sin embargo, rechazó la oferta para enseñarnos otra lección: nunca hay que incumplir una promesa a una madre. Nemo le había prometido a su progenitora levantarse temprano por las mañanas, por lo que volvió a su casa. Al menos, podría volver en sueños cada noche al reino de fantasía…

Al igual que en todos los escenarios, se haría necesario atender a los valores de la parte inferior de la pantalla. En él se mostraban las llaves recogidas, el número de vidas y la salud del protagonista.

Los dos últimos valores podían aumentarse con las vidas y los botiquines y pociones repartidos por los distintos territorios. Un simple roce con un enemigo bastaba para reducir en uno la salud, que no podría exceder de tres. Como es lógico, una muerte no sería plato de buen gusto para nadie.

Con todo ello, Little Nemo The Dream Master fue una preciosa aventura pixelada, repleta de desafíos y con todo lujo de detalles. Su gran dificultad y esa posibilidad para sorprender en todos y cada uno de sus escenarios, con sus disfraces innovadores, fueron sus mejores características. Tanto que hoy en día gustaría a los amantes del género que no llegaron a probarlo en su momento, sin nada que envidiar a los títulos actuales. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!