Imaginemos que una importante compañía anuncia un juego protagonizado por un tiranosaurio. ¿Qué esperaríamos de él? Probablemente realismo, acción y, tal vez, esa sensación de miedo y angustia al vernos ante una criatura de tan grande tamaño. Ahora bien, ¿qué ocurriría si esa compañía apostase por algo distinto?

Sustituyamos ese realismo, acción, miedo y angustia por un dinosaurio sonriente, con una coreografía de lo más cutre animada. A su lado, aparecerían varios dinosaurios hembra, con sus respectivos lacitos rosas, para seguir con el baile. Para colmo, ese protagonista miraría a cámara, para saludar con la mano al jugador, cual niño pequeño en una función de teatro de Navidad.

Si hoy en día hubiera una presentación así, el juego sería motivo de burlas por toda la red (con sus correspondientes memes). Sin embargo, esto ocurrió hace poco más de veinte años. Radical Rex, de Activision, apostó por una presentación así, sin risas en torno a él. Es con estos casos como uno se da cuenta de lo mucho que ha cambiado el mercado de los videojuegos.

 

El tiranosaurio en monopatín

Dejando el fluir de la vida a un lado, nos encontramos ante un juego de plataformas, aparecido en 1994. Radical Rex no sería tan revolucionario como prometía su nombre y, de hecho, recibió alguna otra crítica negativa. Pero no por ello merece pasar al olvido. Contó con poco colorido y con bastante monotonía, pero acabó convirtiéndose en una aventura entrañable.

Radical Rex

Desarrollada por Beam Software y publicada por Activision (sí, nuestra querida Activision), formó parte de los catálogos de Super NES, Genesis y Sega CD. Una vez más, el jugador se pondría en la piel de un héroe que debía rescatar a su amada y a su pueblo. El malísimo de la historia ya había hecho de los suyas, dominando a todos los dinosaurios y criaturas.

Nuestro protagonista, recién despertado de una agradable siesta, empezaba el recorrido por salvarles a todos. No perdería su enorme sonrisa en ningún momento, por mal que fuesen las cosas. Al fin y al cabo, se permitió el lujo de recorrer kilómetros en monopatín, algo que su cuerpo debió agradecer de por vida.

Con él, podría realizar alguna que otra pirueta y llegar a lugares que, a pie, resultaban inaccesibles. Eso sí, cogiendo carrerilla. En su viaje a pata, ejecutaría enorme saltos, con los que seguir recogiendo alimento y esquivando enemigos y plantas. Perder el monopatín no acabaría resultando algo tan malo.

 

¿Un posible complejo de dragón?

Unos pequeños insectos podían ser tan molestos como las criaturas con púas en sus lomos (al estilo de los anquilosaurios). O los dinos de un tamaño inmenso. Todos ellos estaban empeñados en restar vida a nuestro diminuto tiranosaurio, que poco o nada impresionaba a los enemigos.

En la parte superior de la pantalla, encontrábamos esa barra de salud, las vidas disponibles y los alimentos o huevos recolectados. A su lado, teníamos dos indicadores igual de importantes, el de fuego y el de energía, a rellenar con sus respectivos objetos tirados por toda la aventura.

Radical Rex

Con el primero, teníamos la opción de escupir fuego. Al parecer, alguien tenía complejo de dragón y disfrutaba de lo lindo chamuscando enemigos y haciéndolos desaparecer. Esta acción, con más gracia al principio que al final, pudo considerarse la habilidad estrella de la aventura.

Respecto a la energía, más nos valía recoger todos los símbolos que encontrásemos para recargar la barra. Ésta marcaría la velocidad del dino, pasando de estar ante una aventura muy lenta y aburrida (en la que poco ayudaba su monótona melodía) a una rápida y emocionante.

Como habilidades extras, en las que seguir mostrando su cara de loco, podía balancearse por las largas lianas, subir por ascensores manejados por bebés de dinosaurio esclavos o bucear. Todo con el objetivo de esquivar cada vez más obstáculos y de llegar lo antes posible al cartel marcado como ‘Salida’. Por supuesto, no había una mejor forma de celebrarlo que con un ridículo baile.

 

Adiós a la teoría de humanos y dinosaurios

Radical Rex no fue un juego especialmente largo, pero el hecho de contar con escenarios casi idénticos hacía que lo pareciese más. De una jungla se pasaba a un nivel de interior y a un cementerio de dinosaurios, para volver a pasar a otra jungla, y así sucesivamente.

Radical Rex

Ese cementerio, repleto de esqueletos gigantes por los que moverse, era uno de los más interesantes. Nos llevaría a preguntarnos cuánto tiempo debía pasar para que nuestro amigo se convirtiera en una criatura de ese tamaño o, más bien, cuántas preguntas sin respuesta tendría el juego.

Entre esas cuestiones, estaba el hecho de que el malo tuviera apariencia de humano-cabra. Sus creadores quisieron saltarse la teoría de que humanos y dinosaurios nunca convivieron, algo muy habitual en los videojuegos de esta temática. ¿Acaso no hubiesen sido igual de interesantes los enfrentamientos contra otros dinos?

La forma de vencerle era idéntica a la de los demás enemigos. A base de varios quemazos, acabaríamos con su vida definitivamente, rescatando a su debilucha novia. Esto nos lleva a plantearnos otra pregunta más. ¿Por qué su pequeño monopatín, de repente, tenía espacio para dos? ¡Hasta el próximo pregunta-sin-respuestas Retromanía, talonianos!