Un perro con traje de astronauta recorre un planeta casi desértico. ¿Su objetivo? Perseguir a un montón de pajarracos, ya sea para destruirles o para montarles a bordo de un vagón, con un destino nada atractivo.

Así se resume Star Paws, juego de velocidad, plataformas y exploración, lanzado en 1987 por Software Projects. Esta peculiar propuesta formó parte del ordenador doméstico Commodore 64. Se caracterizó por tener una duración variable, influida por la habilidad (o la suerte) del propio jugador.

 

 

La vida de los pobres pájaros

Bajo el lema de “el futuro de la vida depende de tu éxito”, el jugador se ponía en la piel de un simpático chucho. Conocido como Capitán Pawstrong (Rover para los amigos), utilizaría su gran velocidad para recorrer un típico planeta.

El lugar contaba con zonas desérticas, con sus correspondientes rocas para saltar y con distintos niveles de profundidad. Los útiles ascensores servirían para transportarse de unos a otros. Ayudado de un mini mapa, que además le mostraría su nivel de resistencia, tendría como misión encontrar a los pájaros que habitaban el planeta.

Al hacerlo, existían dos opciones. Ejecutar un placaje y dejarles medio atontados, para trasladarles en una vagoneta, o acabar con sus vidas. Las explosiones eran una de las herramientas menos “dolorosas” para ello.

 Star Paws

Ahora bien, ¿qué han hecho los pobres pájaros? Cuenta la leyenda como estos seres habitaban felizmente el planeta. Por desgracia, la explotación no tardó en llegar. Alguien descubrió que eran un auténtico manjar (de ahí el icono permanente del pollo asado en la pantalla) y, desde entonces, se empezaron a utilizar como moneda de intercambio.

Como siempre ocurre en estos casos, aparecieron planes aún más maléficos, con los que se pretendía controlar el mercado de forma absoluta, mediante la cría de ricas aves. Neil Armstrong tenía que ser el responsable de acabar con la trama, pero por un error, el perrete fue enviado al lugar.

Era bastante inexperto, por lo que su misión se limitaba únicamente a acabar con los pollos. Tal vez fuese capaz de dejar sin existencias a la malvada banda, pero de héroe tuvo más bien poco. ¿Desde cuándo un protagonista mata a seres inocentes?

 

 

¿El mejor o el peor juego del mundo?

Star Paws contó con unos sencillos controles con los que mover a su protagonista, recoger objetos y seleccionar el deseado, para recurrir a su efecto. Se debió a que un 90% de la aventura consistía en correr sin parar, por parajes idénticos unos a otros.

¿Lo convierte esto en el peor juego del mundo? En ocasiones, es muy difícil determinar si un título es bueno o malo, aunque siempre debemos situarlo en la época en la que se enmarca. En este caso, nacer en la década de los ochenta no es una excusa para tanta monotonía y falta de sentido. Ya existían propuestas muy adictivas, con más opciones además de correr hacia la nada.

 Star Paws

Sin embargo, contó con pequeñas sorpresas que, aunque no fueron muy abundantes, sí que pueden salvarle el pellejo (y nunca mejor dicho). A medida que avanzaba por el planeta, encontraba distintas cajas. Si decidía pararse a abrirlas, habría añadido un nuevo objeto al inventario, a utilizar cuando creyese oportuno.

Aunque no era muy agradable tener que parar muy de vez en cuando a recoger cajas (muchas de ellas podían haber sido sustituidas por obstáculos mortales o por enemigos), su contenido sí que era interesante. Había cohetes, con los que resultaría más fácil alcanzar a los escurridizos pájaros, y misiles.

Los explosivos y las máquinas que disparaban piedras limitadas (y ya de paso nos transportaban a nuevos niveles), se complementaban con los objetos que recuperaban la resistencia. En algunas cajas, también había puzles. No eran extremadamente complicados, pero rompían la monotonía y recompensaban con un buen puñado de puntos.

Tal vez, sus responsables creyesen en la teoría de que si se abusa de las cosas buenas, dejen de ser buenas. ¿Realmente hubiese empeorado el juego con un mayor protagonismo de estas armas y de los niveles especiales? Nunca lo sabremos, pero lo que sí queda claro es que la exploración también tuvo su gracia. No siempre era sencillo encontrar a esos últimos pollos. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!