Está claro que escoger un vehículo es clave para alcanzar la victoria, ¿pero hay pruebas científicas de que una chaqueta de un verde chillón sea más eficaz que otra de un horrible amarillo? ¿Y si le ponemos adornos cutres?

Los atuendos siempre han estado presentes en los juegos de velocidad y llegan a estar justificados cuando representan a equipos oficiales o hacen homenaje a los distintos personajes de Nintendo. A la espera de una utilidad oficial y confirmada para esos simples y tristes tonos de colores, recordamos Super Cycle, juego lanzado en 1986.

 

 

La velocidad, la primera de las preocupaciones

Los juegos del ordenador doméstico Commodore 64 acostumbraban a marean al jugador desde los primeros segundos. Tras unos créditos iniciales, con reglas incluidas, era frecuente que se expusieran sus infinitas modalidades de juego. Sin embargo, siempre hay una excepción.

Super Cycle

En Super Cycle, el estudio Epix Games fue claro y conciso. Estamos ante un juego de conducción, que llevaba a sus jugadores a conducir una moto por distintos circuitos. Tras escoger el color del vehículo y, para nuestra desgracia y enfado permanente, el color de la chaqueta, seleccionábamos un nivel.

Una vez decidido si debíamos hacer frente al uno, al dos o al tres, comenzaba la competición. Esta rapidez era de agradecer, puesto que no todos contarían con un tiempo ilimitado para disfrutar del ordenador y de la consola. ¡Siempre era la maldita hora de la comida o del baño!

Dada la gran importancia que concedía la compañía al color, no era de extrañar que los circuitos poco o nada tuvieran que envidiar a una Senda Arco Iris. En ese vómito de unicornio, el objetivo era simple: recorrer la mayor distancia en el menor tiempo. O todo o nada.

Tras arrancar, se hacía necesario vigilar la velocidad para ir adelantando a los rivales, mediante el cambio de marchas. Al menos, ese sería el primero de los problemas, puesto que los siguientes circuitos estarían cargados de sorpresas poco agradables.

 

 

¡Cómo duele!

Es inevitable que, en un juego competitivo de velocidad, pulsemos el botón más de la cuenta. Sobre todo en las primeras partidas. El “no es tan difícil” y el “mira mamá qué deprisa voy” acaban dando paso a un “¡miércoles, cómo duele!”. Y, en este caso, Super Cycle no es la excepción.

Super Cycle

Las rectas no tardan en desaparecer para dar paso a las curvas y, con ellas, a los primeros accidentes. Visto y no visto, el conductor acababa en mitad de la nada, observando su moto en llamas. Pero como la vida es rápida (gracias, Epix), aparecía montado en su nueva moto en cuestión de segundos. ¡Y justo donde se había caído!

Sin Lakitus que valgan, la competición debía continuar. El rugido de los motores no cambiaba, ni tampoco la alegría al comprobar lo lejos que habíamos llegado. Lo que sí que lo hacía eran los circuitos. Del campo, pasábamos al desierto, al puerto y a un escenario helado. La noche daba paso al día.

Contradicciones de la vida, y dada la obsesión de sus responsables por la ropa, el pobre muñeco del banderín de salida no cambiaba de atuendo, hiciera 50 grados o nevase. En algunos de los circuitos, los obstáculos empezaban a aparecer. En otros, ocupaban casi toda la carretera. Las manchas de aceite y los conos provocarían aún más caídas desastrosas. Y eso por no hablar de los choques con los otros participantes.

Super Cycle

Si queríamos lograr una buena puntuación al final de la partida, más nos valía vigilar la distancia recorrida en el tiempo establecido y recoger un par de banderines. Traducidos en puntos al final de cada competición, siempre era un placer estar en las primeras posiciones.

La rejugabilidad estaba presente aquí, ya que a falta de más modalidades, resultaba interesante superar los récords anteriores. ¡Chúpate esa, antiguo yo! Lástima que no todo fuese tan fácil como parece, siendo necesarios unos reflejos casi perfectos y una correcta gestión del riesgo a la hora de decidir la velocidad. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!