Bastan un par de segundos escuchando una melodía retro para sentir una inmensa oleada de nostalgia. ¿Pero realmente en su momento fueron tan buenas esas combinaciones de notas musicales? ¿Nos hacían subir o bajar el volumen de la consola?

Tal vez, el placer de volver a escuchar la banda sonora de un videojuego resida en la felicidad que nos proporcionó su jugabilidad, más que por la calidad en sí. Sea lo que sea, nos traslada a un intenso y placentero viaje al pasado. Es lo que ocurre con Jumpman.

Este clásico, aparecido en 1983, no cuenta con una original melodía. A cambio, comparte muchas semejanzas con otros juegos de su misma década y de la siguiente. ¿La ventaja? Su capacidad para hacernos recordar todos los títulos que disfrutamos en la infancia.

 

 

Los treinta adictivos niveles

Jumpman no sólo comparte semejanzas en su melodía con otros muchos juegos. También tiene mecánicas parecidas. No tuvo gráficos revolucionarios para la época ni una jugabilidad excepcional, pero pudo presumir de sus niveles sencillos, claros y adictivos.

Publicado por Epyx en 1983, destaca su versión para el ordenador doméstico Commodore 64. Quienes lo jugasen en su momento, recordarán un juego de habilidad y rapidez, con niveles en tres colores sobre fondo negro. Suele ocurrir que no prestásemos atención a un argumento ni a las razones por las que un protagonista estaba donde estaba. De hecho, no siempre se indicaban.

Jumpman

En el juego que nos ocupa, resultaba tan entretenido correr de nivel en nivel que no nos llegábamos a plantear quiénes éramos. Pues bien, nos convertíamos en un experto en saltos (eso era fácil de deducir), encargado de salvar un cuartel general. El enemigo se había infiltrado en él y trataba de destruirlo, a base de bombas y otros objetos.

Nuestro héroe, entrenado por el gobierno para desactivar las trampas, se movería por un total de treinta niveles. Como buen trabajador, no tardaría en conocer todos los movimientos posibles y en comprender el objetivo de cada escenario: recoger todos los objetos marrones.

 

 

La elección de la dificultad

El hombrecillo saltador, en su tarea por recoger los objetos, subiría por las escaleras y haría uso de su agilidad. Tras tenerlos todos, se pasaba al siguiente nivel, y así sucesivamente. Las escaleras siempre estarían presentes en ellos, como elemento distintivo, aunque las sorpresas iban en aumento.

Con una dificultad que aumentaba nivel tras nivel, encontrábamos las balas y los pájaros como principales enemigos. Todos ellos tratarían de restar las vidas de Jumpman, limitadas a siete (ya se sabe lo que ocurre al perderlas). Pronto, darían paso a las plataformas que perseguían, a los suelos movedizos o a las puertas aplastantes, con tesoros en su interior.

Esas reliquias, en forma de instrumentos o sombreros vikingos, conferían una mayor cantidad de puntos. Con ello, si decidíamos completar el juego una segunda vez, era más que recomendable tratar de superar esa puntuación anterior.

Jumpman

En los niveles más avanzados también encontrábamos salas con luces intermitentes o incluso escenarios que se iban dibujando a medida que el personaje se movía. El riesgo de morir, con tanta oscuridad, era aún mayor, aumentándose así la diversión.

Con la posibilidad de elegir el nivel de dificultad antes de iniciar la partida, para probar suerte en unos niveles o en otros, también permitía jugarlos todos al azar, incrementándose así la rejugabilidad. Las cuerdas para trepar podrían estar después que los laberintos o los dragones y robots antes que las balas.

El género puzles estuvo muy presente en toda la aventura, puesto que se hacía necesario analizar antes el camino correcto. Un mal salto a propulsión, un mal ajuste de la velocidad o un camino incorrecto podían encerrarnos entre enemigos, con una muerte casi asegurada.

Como curiosidad, contó con una versión Junior un año después y con Jumpman Lives!, ya en la década de los noventa. Su protagonismo absoluto hacia su adictiva jugabilidad siguió siendo la clave porque, en ocasiones, menos acaba siendo más. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!