La excavación nos ha dejado auténticas obras de arte, como las sagas Dig Dug o Boulder Dash. Tras recordar la primera hace ya varios años, lo justo es hacer lo propio con la segunda. Más concretamente, con el juego de 1984, lanzado en Amstrad CPC, Atari ST, Commodore 64, NES y ZX Spectrum, entre otras plataformas.

Nos llevaría a conocer a un simpático personaje, deseoso de riquezas. Se adentraba en distintas cuevas, sin importar los peligros que tuvieran, para recoger todas las gemas posibles. Hacía uso de la excavación para lograr su objetivo, con su maravilloso sonido, aunque, en ocasiones, más le valía quedarse quieto. Un catastrófico derrumbe podía suponer el fin de todo.

 

 

Una dificultad progresiva

Boulder Dash cuenta con distintos juegos posteriores e incluso con remasterizaciones. Los gráficos y los colores han cambiado, pero la esencia de sus inicios se mantiene en ellos. Incluido el recuerdo de Rockford, su protagonista y ejemplo de superación, quien cumple la fórmula de “el que algo quiere, algo le cuesta”.

Boulder Dash

Especializado en la excavación sin pala, comenzó su aventura en niveles muy sencillos. En ellos, ya se dejaba claro el objetivo: recoger todas las riquezas, con su correspondiente puntuación, y llegar a la meta sano y salvo. Tras ello, llegaría a un nuevo escenario, donde repetir el proceso. Y así sucesivamente.

La parte superior de la pantalla nos mostraba las gemas recogidas, la puntuación y el tiempo. ¡Y he aquí al gran enemigo! Si ese marcador llegaba a cero, no quedaría otro remedio que volver a empezar. Los segundos no escaseaban, pero si nos parábamos a pensar, tendríamos que correr como si no hubiera un mañana.

Todo habría sido muy sencillo de no ser por ese tiempo. Podríamos habernos detenido a analizar las opciones y resolver los puzles que se presentaban sin presión, pero no fue así. La gracia del juego era mirar en perspectiva, sabiendo que un mal paso podría acabar en la muerte. ¿Por qué no habíamos dejado caer esa roca donde debía?

Los rompecabezas fueron aumentando a medida que pasaban los niveles y, con ellos, la dificultad. Ya no se hacía necesario recoger las riquezas visibles, sino buscar las escondidas (en ocasiones en forma de enemigo) o llegar hasta las más inaccesibles, bloqueadas por rocas. Siempre había una solución, pero más nos valía encontrarla a tiempo.

 

 

¿Aún más dificultad?

Además de esos puzles, Boulder Dash contó con un buen número de enemigos. A menudo, llegaban en forma de seres voladores, dispuestos a quitarle la vida a Rockford. ¡Si él sólo estaba recogiendo lo que nadie parecía querer!

Boulder Dash

Esperar el momento oportuno para cruzar zonas complicadas resultó tan importante como acabar con algunos, para recoger los tesoros que dejaban tras su muerte. En los auténticos laberintos que se creaban, las rocas también actuaban como enemigos. El deslizamiento de una podía provocar el desprendimiento de otras, ya fuera para dejarnos vía libre o para bloquearnos permanentemente.

Esta adictiva jugabilidad, que supuso un entrenamiento para aspirantes a ‘speedrunner’, sirvió de entretenimiento durante años. Completar la aventura no implicaba abandonarla. Podíamos volver a intentar cada nivel, no sólo para superar marcas propias, sino para ejercitar la memoria. Estamos ante uno de esos títulos donde sus jugadores aprenderían cada paso, creándose combos de situaciones encadenadas, inolvidables para muchos.

Esa perfección se combinó con una estética muy sencilla, que dejaba todo el protagonismo a su jugabilidad. La rapidez era necesaria para la victoria, por lo que había que distinguir muy bien cada elemento del escenario. Los sonidos de cada ser en movimiento también se convertirían en sus mayores estrellas. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!