La obsesión de los desarrolladores de videojuegos por los fontaneros debería ser objeto de estudio. Ya hemos visto, en varias ocasiones, como estos profesionales tienen un gran protagonismo en distintas aventuras. Es el caso de Everyone’s a Wally, Oil Panic, del mismo Super Mario o del título que nos ocupa: Super Pipeline.

Como su propio nombre indica, esta propuesta nos trasladó a un mundo de tuberías. ¿El objetivo? Arreglarlas para que el agua pueda llegar desde el principio hasta el final. Nada mejor para ello que unos profesiones fontaneros.

 

 

Las maléficas sonrisas

Super Pipeline vio la luz en 1983, para Commodore 64. Esta propuesta, que tiempo después contaría con su propia secuela, se definió como una aventura de puzles. La habilidad y los reflejos completarían las características clave para el éxito.

Super Pipeline

Con la posibilidad de juego en solitario o entre dos jugadores (para competir por la mayor puntuación), su acción se desarrollaba en escenarios individuales y numerados. Cada uno representaba un circuito con una peculiar forma, creada con largas tuberías. ¡Con esos diseños no es de extrañar que diesen problemas!

Los protagonistas lucían una maléfica sonrisa, mezcla de felicidad y venganza. Mientras, se movían por el escenario y ponían en práctica lo que mejor se les daba hacer. Curiosamente, su habilidad no estaba vinculada con los alicates, sino con los disparos.

 

 

Cucarachas y humanos como enemigos

Un escenario estará completo al llenarse el barril del final con una determinada cantidad de agua. Aunque contó con unos gráficos muy sencillos, ver como el líquido avanzaba de forma inteligente por el laberinto es una de sus señas de identidad.

Super Pipeline

Esta tarea sólo estará completada cuando la tubería esté a salvo de peligros. Llegan en forma de enemigos, quienes avanzan por una estrecha escalera, o por las mismas tuberías. Tras localizarlos, el primer paso es tomar la mejor posición.

Desde ella, efectuaremos los más eficaces disparos. Acabaremos así con humanos y con cucarachas, mientras el contador de puntos engorda. Los bichos gigantes que se pasean por la tubería tienen como misión molestar. Y mucho.

Al recorrer cada rincón, obligan al jugador a moverse, ocupando otras posiciones para seguir poniendo en práctica su puntería. Es tarea del fontanero chiquitín arreglar los estropicios causados por las fatídicas criaturas. Como es habitual en estos casos, las vidas son muy limitadas. Al agotarse, no quedaría otro remedio que volver a probar suerte.

Super Pipeline

La sensación de que la tubería se llenaba más despacio de lo que debería y el aumento progesivo de la dificultad (llegado el momento, se hacía complicado parar a tiempo a todos) fueron dos de las fuentes del máximo estrés. Se complementaban con la velocidad máxima en los últimos niveles y con la aparición de paredes movedizas que dificultaban los disparos.

Sus divertidas escenas entre niveles estaban pensadas para dar unos segundos de descanso al jugador, algo más que necesario para seguir rindiendo. Con todo ello, Super Pipeline supo arreglar una jugabilidad monótona con una adicción máxima. Sobre todo, si intentábamos superar anteriores marcas o al amigo de al lado. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!