Ser camarero es uno de los oficios más complicados en esta vida. Sobre todo en espacios donde los clientes no están dispuestos a esperar más de la cuenta por una cerveza. Hay que servirlas a quienes las hayan pedido, recoger las jarras vacías y, con suerte, también las propinas. No hay tiempo para pausas, tal y como nos hizo ver Tapper en la década de los ochenta.

En esta original propuesta, calificada como una de las más adictivas de la década, el jugador se ponía en la piel de un tabernero. ¿El objetivo? Servir a los clientes sus deliciosas cervezas. Su seña de identidad fueron esas jarras que se deslizaban por las barras hasta llegar a su destino, sin importar los metros que hubiese por delante.

 

 

Con prisa y sin pausas

Tapper vio la luz en 1983, de la mano de Marvin Glass and Associates y Bally Midway. Formaría parte de los catálogos de Atari 2600, Commodore 64, ZX Spectrum, MSX y Amstrad CPC, entre otras plataformas. Se presentó como un juego de habilidad, capaz de poner a prueba nuestros relejos.

Tapper

El protagonista era un camarero entrado en años, pero lo suficientemente ágil como para sacar adelante él solo el negocio. Se encargaría de atender cuatro largas barras, con todos los clientes que fuesen apareciendo. Serviría las bebidas en las máquinas de la izquierda o de la derecha, según el escenario, para deslizar las jarras llenas hasta los clientes recién llegados.

Al hacerlo, éstos retrocederían. Si quedaban satisfechos, se eliminaban del escenario para dejar paso a nuevos. Había algunos que querían más cerveza, por lo que una vez devuelta la jarra (y recogida), se les serviría otra. No faltaban las propinas con las que aumentar la puntuación.

Un escenario quedaría completado cuando todos los clientes hubiesen desaparecido. Debía seguirse la fórmula “con prisa y sin pausas”, sobre todo a medida que avanzábamos. La ambientación cambiaba por completo, con sus barras y clientes, y la velocidad aumentaba a pasos de gigante. También el número de ansiosos. El resultado era un estrés constante, que ni siquiera terminaba entre niveles.

 

 

¿Y esas bailarinas?

Este título estaba diseñado para ser disfrutado por un jugador. Debía aguantar el máximo tiempo posible con vida, preferiblemente, habiendo acumulado la mayor puntuación. En un siguiente intento, trataría de superarse a sí mismo, haciendo uso de la rejugabilidad máxima por la que apostaron sus desarrolladores (incluso completando el juego).

Tapper

El tabernero perdía una vida cuando un cliente llegaba hasta el extremo de su lado de la barra, por haber esperado demasiado su pedido. También, al perder una jarra vacía, por lo que la atención era fundamental para seguir en el juego.

A la complicación de base, debían sumarse las distracciones frecuentes. Los bailes del protagonista y los atuendos de los clientes y sus caras de extraterrestre podían despistarnos, pero nada como las bailarinas del fondo o las líneas movedizas para llevarnos a cometer el más tonto de los fallos.

A cambio, los clientes también se distraían. Cuando uno de estos elementos aparecía, al recoger las propinas, dejaban de avanzar, embobados por el entretenimiento ante sus ojos. La parte negativa es que tampoco cogerían las jarras lanzadas, con sus consecuencias negativas.

Tapper también contó con una modalidad para dos jugadores, respetando la esencia de la época. Así, un jugador disfrutaría del primer nivel para que después, el segundo tomase el control. Se enfrentaría también al primer nivel, y así sucesivamente. Conseguir más puntos que el rival era motivo de orgullo y satisfacción.

Tapper

Como grandes atractivos, no podemos olvidar su pegadiza melodía (muy familiar para más de uno) y esos retos entre los niveles. En ellos, tendríamos que seguir poniendo en práctica la concentración y la agudeza visual, al seguir la trayectoria de determinadas latas.

En definitiva, estamos ante un juego que supo enganchar con una cuidada combinación entre jugabilidad y diseño. Sin ir más lejos, recuerda mucho a los clásicos que formaron parte del catálogo de Game & Watch. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!