Un tenebroso castillo. Un malvado propietario con sus inventos. Un secuestro. Estos tres elementos han funcionado a las mil maravillas en distintos juegos desde la década de los ochenta, a pesar de no ir acompañados de la originalidad. ¿La solución? Volver a recurrir a todos ellos, pero añadiendo un científico travesti del planeta Transexual, desnudos y surrealismo en su máxima expresión.

The Rocky Horror Show, basado en la película de 1975 The Rocky Horror Picture Show (basada a su vez en el musical), puede considerarse uno de los juegos más cuidados de la historia. No sólo fue una perfecta adaptación de película a videojuego, sino que ofreció una aventura de exploración repleta de sorpresas. Eso sí, más nos valía tener algo de idea sobre la obra original para encontrarle un sentido a todo.

 

 

¿En qué consiste toda esta locura?

The Rocky Horror Show vio la luz en 1985, de la mano de CRL Group. Se lanzó en Commodore 64, ZX Spectrum y Amstrad CPC, entre otras plataformas, con las ya clásicas diferencias de colores entre una versión y otra. Por suerte, la historia en todas ellas fue la misma.

The Rocky Horror Show

Al iniciar la aventura no se explicaba demasiado. Sabíamos que estábamos a punto de entrar en un terrorífico y enorme castillo, en la piel de Brad o Janet. Tras preguntarnos qué personaje nos gustaría ser, comenzaba la acción.

Para comprender la razón de todo esto, debíamos acercarnos a la película de Jim Sharman que parodiaba el género del terror. En ella, se explicaba que Brad y Janet, recién prometidos, iniciaban un viaje. Una avería en su coche les obligaría a pedir ayuda en un castillo. Distintos inquilinos, nada habituales, daban paso a la presentación del doctor Frank-N-Furter, definido como un “exótico científico travesti”.

Procedía del planeta Transexual, en la galaxia de Transilvania, y su mejor creación era un hombre musculoso, aprovechando parte de un cerebro humano. Tras la separación de sus protagonistas en habitaciones distintas, se inicia un historia de muertes, sexo, infidelidades, con un espectáculo de cabaret con transexuales incluidos. Con ello, y aunque varios de estos elementos se omitiesen en el videojuego, fueron reconocibles muchas situaciones y personajes. Un auténtico homenaje a los amantes de la cinta.

 

 

La recolección de objetos

Volviendo al videojuego una vez conocido el contexto, nuestro personaje iniciaría la exploración por las distintas habitaciones del castillo. Su compañero había sido convertido en estatua, por lo que no quedaría otro remedio que devolverlo a la normalidad antes de que fuese demasiado tarde.

The Rocky Horror Show

Con una jugabilidad muy similar a Everyone’s a Wally, debíamos recoger las llaves que abrirían nuevas puertas, así como trozos de la máquina del villano. Por el camino, encontraríamos a personajes dispuestos a hacernos perder el tiempo (la herramienta más valiosa del título), y a otros con la misión de atacarnos con sus armas. Dado que no se podían llevar varios objetos a la vez, las idas y venidas por una misma ruta fueron más que habituales.

Los largos caminos y los viajes en ascensor daban paso a dependencias con trampas, a desactivar pulsando sus correspondientes botones. No faltaron los botones con las indicaciones “No Pulsar”. ¿Qué hacíamos con ellos? Lógicamente, pulsar. Eran la puerta para acceder a salas con objetos voladores como jeringuillas o el símbolo del Yin y el Yang. Pura locura.

The Rocky Horror Show

Para colmo, la parte derecha de la pantalla mostraba un enorme termómetro. Al alcanzar una determinada temperatura, entraría en escena un motorista. No sólo nos obligaría a perder aún más tiempo, sino que intentaría atropellarnos. Subir y bajar escaleras era la clave para protegerse de sus continuas apariciones.

Una vez reunidas todas las piezas de la máquina, podíamos liberar a nuestro compañero. Ambos personajes se dirigirían hasta la puerta, dispuestos a no regresar jamás a ese extraño lugar. ¿O sí? Con ello, estamos ante un título más que original que, si bien no contó con las mecánicas más divertidas, sí que es el complemento perfecto a una obra que ya ha pasado a la historia. ¡Hasta el próximo Retromanía, talonianos!